9 oct 2019

Es por ti.

Los aseos de la cafetería estaban al fondo del local. La planta era estrecha y alargada, con un modesto ensanchamiento al final de la barra con tres mesitas de café redondas y otras tantas cuadradas, un poco más amplias, ocupadas por gente pasando la tarde con juegos de mesa.

Regresaba de lavarme las manos y el sitio era estrecho. Llevaba su tiempo sortear las mesas apiñadas y los grupos grandes, que alternaban en corro a lo largo de la barra, de pie. Desde la otra punta del bar vi que mi madre, - ¡qué raro!-, ya había encontrado a alguien para sustituir mi compañía. Charlaba con un hombre de ojos claros que yo no conocía. Al menos no lo recordaba.

Sin embargo, la postura y aquella faz de ella no las olvidaré nunca. Conociendo a mi madre y su porte digno, siempre erguida y dicharachera, con ese salero con que se metía en el bolsillo a cualquiera, incluso echando broncas si fuera necesario, lo primero que me llamó la atención fue que estaba sentada en el taburete, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en la barra. Y en la cara una expresión de niña pillada en falta, justo en el momento en que me sumé casi por sorpresa al dúo, tan inmersos en su burbuja que no me habían visto acercarme y llegar hasta ellos.

Como acto reflejo para disimular improvisó rápidamente un susto exagerado, empujándose teatralmente con los brazos que tenía apoyados en la barra hacia detrás. Tratando de bromear con el amago de caerse de la silla. Mi reacción más inmediata, a pesar del desconocido que nos acompañaba, fue enfadarme como si yo fuera la madre y ella la hija, intercambiando roles: "Mamá, por favor, ¡que te puedes caer y acabamos en el hospital". Entonces miré al hombre y vi su cara de perplejidad al percatarse del estado de mamá. De pronto entendí la rara postura que ella adoptaba, sentada en extraña contorsión.

No podía disimular su turbación. Nerviosa, empezó con su explicación manida desde que el embarazo empezó a notarse en su abdomen. Lo del "penalti", cuando estaba ya pensando más en preparar biberones a los futuros nietos (nietas, cuatro, que nunca llegó a cargar en los brazos) y en que por lo menos ya tenía a cuatro criados para echar una mano con la peque que venía. También contó que lo había llevado más o menos (en realidad lo había llevado fatal desde el positivo que anunció el sexto embarazo, después de casi doce años desde el último parto) hasta que hacía dos semanas habían confirmado que por lo menos no era otro niño, y que por fin yo iba a tener mi ansiada hermanita...


En la cara de él percibí un gesto mezcla de ternura y añoranza, mientras observaba el apuro de ella para contar su realidad cotidiana con guasa, como habitualmente hacía con quien preguntaba por la barriga y por su edad todo seguido. Siempre salía airosa. Ganaba a la bilis con sarcasmo e ironía. Ese día su gracia no se la creían ni ella NI ÉL. Yo no conocía a ese hombre, no recordaba haberlo visto nunca, pero él sí parecía conocer los pensamientos de mamá bastante bien. Sonriendo tímidamente, insistió en pagar la cuenta y se despidió con evidente prisa por desaparecer. Antes de salir definitivamente, se giró un momento y dijo "que vaya todo muy bien; enhorabuena". Sonó a puro formalismo, rebuscado sobre la marcha para no aparecer frío ante una noticia que suele ser motivo de alegría y celebración, al menos de cara a la galería y por convención social.

Yo no conocía a ese hombre. Nada más lo conocía de historias y confidencias que mamá me hacía en la intimidad, sobre su adolescencia y juventud, sobre los primeros amores, sobre un novio músico, que tocaba en una orquesta... Sobre separaciones del destino.

Salíamos ya de la pausa de la infusión para continuar con las compras, el ajuar para la cuna estaba pendiente aún: - "¿Sabes quién era ese chico, hija?" -"Sí, mamá, sé quién era", contesté sonriendo.

Mamá era una gran narradora de historias y fábulas. Las anécdotas divertidas tenía que volver a contarlas una y otra vez, porque se lo pedíamos. Sin embargo esta anécdota que cuento yo ahora quedó entre ella y yo, más o menos. Nunca volvió a mencionarme a aquel hombre ni aquel encuentro. Han pasado muchos años de aquello, treinta aproximadamente, que son los que cumple mi hermana en diciembre. Podría decirse que hasta prácticamente hoy no he entendido en su justa dimensión esta pieza en la historia de su vida. De la mía.

No he comprendido el alcance de la tristeza que arrastró la mayor parte de los días, meses y años, pocos, que le quedaban de vida.

Este duelo postergado, este duelo que no se hizo, no se hace, que me indigna y me vacía de compasión hacia el resto; que ya no quiero hacer, porque no hay nada que pueda hacer, salvo intentar sacarme de la mente su tristeza perpetua, salir de esta. De la tristeza de no escoger lo que tú quieres nunca. De cerrar las puertas.

Es por ti que despierto y nunca es tarde, mami. Yo no te seguiré.




7 oct 2019

Enjambres.

La fragilidad auto percibida.

El ensimismamiento vil.

La huida hacia delante, el hielo, tras de él, el fuego, después la tormenta y una gran ola de destrucción masiva. Se retira y el arenal queda liso, virgen, a la espera de que lleguen las nuevas pisadas.

Tomar aire, respirar profundo, volver a caminar al lado de otros, que también están confusos entre tanta desolación.

Unos con más batallas que otros, algunos duros, otros flojos, varios son privilegiados y ni lo saben, muchos son zombis privados de libertad y tampoco se dan cuenta. Hay una parte que sí sabe de los límites impuestos. Esos pueden ver cómo, salir de la situación de represión en la que se hallan, no depende de ellos sólo. Ven el desequilibrio, la desigualdad. De oportunidades. De condiciones de salida.

Enjambres de personas, cuestiones sociales, entretenimiento vacuo e individuos que se independizan y se buscan la vida fuera del avispero. Porque no pocas veces se sintieron parte del enjambre que amargaba la merienda a una familia en el campo de descanso dominical. Pero también los zumbidos continuos de los demás, de todo el conjunto, tenían un efecto hipnotizador, sedante, por momentos de confusión, entre tanta ala y rayas amarillas de alerta biológica.

No dejas de ser, sin embargo, avispa que toma su rumbo, pero avispa al fin y al cabo. Y hay que aceptar que picas a la defensiva.

Y que puedes acabar aplastada de un manotazo al intentar morder.

Así pues, cuando empiecen los primeros intentos de apartarte del pastel de todos, con la palma de la mano abierta, vuela lejos.



La fragilidad auto percibida...

Los bucles de pensamiento y la ruptura, para salir del ensimismamiento.

Aún no se ha ido.

No se ha ido el miedo de romperme. No se va porque, roto ya por mil sitios, con una cantidad importante de cola entre los cachitos, veo que queda caída.

Que se puede estallar contra el suelo.
Y estoy cansada de levantarme continuamente.
Muy cansada; también de esta auto compasión de mierda, que me enciende de rabia.
Esa rabia que es inquina. Porque sabes que tus cosas, cuando las cuentas, hacen huir a la gente, de lo difícil que es imaginarse lo que hay detrás. Cuesta contar. Cuando cuentas, sucede eso. También hay quien cuestiona tus vivencias, como método para animar (sí, triste pero cierto), cuando confías una mínima parte de lo vivido.

Cómo coño va a comprender nadie ahora, con lo que llevo en la mochila a resguardo, que explote la magefesa. No lo esperas, aunque sea algo común divorciarse y tener ansiedad, algo tan convencional y poco especial como extendido, por desgracia, en lo que se refiere a la enfermedad, simplemente porque nadie sabe del recorrido, de la carrera de fondo y del desgaste.

Terminas por intentar reír y olvidar la mala onda. Pero hay entornos en los que se hace muy difícil.

Más blog, menos twitter, definitivamente.







5 oct 2019

Después y detrás de la nube piroclástica.

Siempre me ha creado mucha angustia la falta de visibilidad, la opacidad, la niebla subiendo un puerto de montaña en el norte, cuando íbamos en familia a la playa, los papeles amontonados sin orden ni concierto, las carreteras rurales de la zona del malpaís más reciente, de noche, en Lanzarote... En general, la mayoría de esos miedos tienen su origen en accidentes y experiencias traumáticas vividas. Por eso no me es muy complicado sortear crisis de ese tipo al volante ya, hoy en día.

Recuerdo, sin embargo, hace diez años el mal rato que pasé volviendo de casa de unos amigos en Tinajo, municipio cuyo diseminado está en la pura lava de la última erupción, "pegandito" a las Montañas del Fuego.  De manera que, en cuanto sales de la zona poblada y dejas de ver las típicas casas terreras blancas, es muy difícil orientarse en los cruces y desvíos para quien lleva poco tiempo viviendo aquí. Y si eres turista también te pasa, por supuesto. Precaución no es broma. Tardamos en llegar a casa hora y media, cuando a ritmo prudente y tranquilo, respetando los límites de velocidad, la distancia entre Tinajo y nuestra casa en aquel momento, apenas 22 km, podía a lo sumo hacerse en 30 minutos máximo. A la isla ♥ le digo 'islita' por algo.

Con los seres que pasan por mi vida, y eso ya no lo tengo tan controlado, la opacidad me espanta. Y no me refiero, obvio, a la reserva de la intimidad, sino a lo que yo percibo como cambios conductuales repentinos de una persona hacia mí. Escribo sobre ello para intentar un ejercicio de análisis y exposición de mis pensamientos con respecto a mi inadaptación a ciertos ámbitos sociales, en cuyos entornos no me siento agusto.

Tras la erupción del volcán, la devastación y las altas temperaturas, debajo de la lava y de las escorias, cuando se ha disipado la nube de cenizas en suspensión... ¿qué queda, además de la destrucción y del dolor? ¿la reflexión sobre nuestros actos? Eso queda, sí. Y no es ninguna bobería. Como no lo es hacerlo sobre poblar la ladera de un volcán vivo.

También en las relaciones humanas, la información, sin orden, no constituye conocimiento. Por eso son tan importantes las cronologías de los hechos, el contexto de los conflictos, la connotación de las palabras, los comportamientos y conductas de cada cual. Como para cualquier disciplina del conocimiento, los puzzles y los esquemas que colocan las piezas, contribuyen al saber.

De la mano de la memoria, no sólo heredada (mamá, otra vez...) sino que trabajada conscientemente (el apalabraos, por ejemplo), -por estar diagnosticada desde los 21 de hipotiroidismo y ser su desgaste precoz una secuela que me preocupa especialmente desde siempre-, va ese pensamiento abstracto que me posibilita hacer esquemas "en el aire", atar cabos en la cabeza, extender las piezas sobre el tablero, estableciendo mis criterios para descartar los sesgos sobre quienes mejor me caen o a quienes concedo el beneficio de la duda por amistad.

Suena frío, pero cuando la vida te ha pegado muchos palos con la gente, esta conducta obsesiva de querer saber con quién ando, aún siendo obvio que produce aislamiento y que alejo de mí a las personas, no se puede esquivar. Y es una parte de mí que he intentado pulir, relajar, etc., pero sé que es un error. Es negarme. Crecí viendo cómo mi madre se ponía en un segundo plano siempre, como volvía a reconciliarse con personas que la utilizaban para sus intereses, fuera para llorar en su hombro, fuera para quitarse mamá de su cacho de pan, de mil amores, encima. Ella era así pero dejó de cuidarse.

Esa rabia forma parte de mi y es una enseñanza vital. Y debo dejar de autofustigarme por algo que es una virtud y habilidad: saber elegir a mis amigos.

Y con un poquito más de retraso, porque el amor sí que es ciego la mayoría de las veces, me va a ayudar a no dejar pasar al verdadero ante mis ojos, cruzada de brazos o paralizada porque nos rodearon personas malas.

El trato humano en redes sociales es superficial, como de patio de Instituto y de postureo de los más guays y populares de los 'playbacks'. No veo problema en tener pocos amigos en ellas, pero de calidad, como en analógico. Al contrario, más bien, por salud mental mejor así.
Recuerdo cada día de mi vida la marabunta de gente en el funeral de mi madre, saliéndose por las puertas de la parroquia y ocupando toda la plaza adyacente. Y lo rápido que royó carnaza y desapareció de nuestras vidas todo el ejército de plañideras, también lo recuerdo.