21 sept 2021

En la ducha.

 Viendo una serie de Netflix, género carcelario, de mujeres, en la que las protas lesbianas hablan de fantasías y preferencias y discrepan acerca de que sea sexy hacerlo en la ducha.
Momo está de acuerdo con Alex, la morena, que opina que el agua no ayuda al buen polvo, ya que no lubrica, pero solo concuerda hasta cierto punto.
Porque si estás previamente lubricada, es decir, ya cachonda y mojando las bragas, no hay problema porque el agua no sea como el aceite. Al contrario, es deseable que moje la piel del otro y resbalen las gotas hasta las bocas que se besan y los cuerpos que se rozan y aprietan ya contra el otro deseando ser atravesados por el placer carnal. Hacer una mamada mientras la lluvia de agua cae sobre los dos, recibir su lengua en el clítoris también, por turnos, y haciendo pequeñas folladas en el cambio, en distintas posturas, notando como la melosidad de los fluidos puede con la resistencia del agua a que entre la polla, así hasta que pasas una hora entre vapores, sin que os hayáis corrido pero cachondos y mojados tanto por dentro que ya da igual no secarse con las toallas para no mojar la cama: a trompicones hasta el lecho con un hambre voraz, que se convertirán en embestidas enérgicas y furiosas, a un coño que las recibe entre espasmos de contracciones voluntarias de ella, que ha aprendido a disfrutar de su cuerpo y con ello a dar un placer que vuelve locos a sus amantes, que a su vez consigue erecciones duraderas y tan potentes estímulos para ser penetrada, que la sensación de ellos se debate entre un dulce y maldito fuego en la punta de la verga que da un goce sin precedentes, y la importancia de concentrarse en no correrse y estar a la altura. Por no querer pensar que no habrá más veces dentro de ella y ansiar crearle un vicio sucio y necesidad de tenerle entre las piernas. O en su culo, donde quiera, qué zorra tan espectacular, cómo le gusta atraparme en su coño, la miro una vez más...me corro, joder con esos ojos de pedirme su leche...



14 sept 2021

Ciega y muda.

 Me falta la luz. Se apaga. El miedo lo invade todo. No están y es forzoso, yo me lo autoimpongo. Mi vida así no es vida. Y ese es el castigo. Para siempre. Saber que siempre tendrá ese poder diabólico sobre mí, aprovechándose de lo que más amo.

Cómo me habla. Cómo me coacciona y amenaza, a la vez que me estigmatiza por mi padecimiento; hasta dónde es capaz de llegar con ese estilo pasivo agresivo. La cantidad de palabras hirientes en su boca, que salían mientras me miraba como sádico que acaba de abatir a un cervatillo.

Ha crecido entre eso. Estoy horrorizada del espesor de mi venda. Cómo es posible que no viera de antemano lo que iba a suceder. Ese día en el hospital, grabado a fuego. Las palabras de mi hermana, que le ve como yo veo a quienes le han herido a ella. Y darme cuenta de los motivos de mi hermana ahora. Veinte años después. Ella también estaba ciega como yo lo estaba con el autóctono. Pero se le ha caído la venda antes que a mí. Y es ahora que ella, estando bien, lo ve e intenta sacarme a mí del pozo. De la trampa. 

Dejar de creer que no he de protegerlas de él, cuando soy yo la que se expone. Da igual (no, no da igual, pero las prioridades mandan) la exposición directa de ellas, en realidad soy yo quien debe evitar la indirecta. En la medida de lo posible, no darle ninguna opción a machacarme o verme mal. Se engrandece, el malnacido. Y lo peor es que ya lo he visto antes. En su casa paterna. Humillación condescendiente, cuatro contra una, ya podrán. Y ella esconderse entre sus trapos y perlas de Majorica. No la compadezco, es culpable de lo que ha engendrado y permitido. Los dejó de la mano de Dios, nunca mejor dicho. Y esa mano era autoritaria, inflexible y misógina.

Alguien me dijo una vez: "Mantenlas a tu lado".
Nunca preguntó si ya me las habían arrancado antes. Mucho antes.

Yo le di las alas, renegando de los míos. Porque los míos son otro yugo diferente. Porque ya no sé quiénes son "los míos".

Desdibujada.

 La mujer puso en pausa la peli que veía online, abrió el reproductor musical y el procesador de textos.

También el editor de imagen, con la última serie de fotos en ropa íntima.

Se desdibujaba otra vez todo. Confusa por la cantidad de juicios de valor errados, los estereotipos al poder, los halagos pastelosos que ves a kilómetros a distancia, dónde van las turgentes intenciones.

Cansancio y borrones de tinta por condensación de la botella de agua fría, apoyada encima del folio más allá de los márgenes del texto.

Por primera vez, echa mucho de menos la lluvia y mirar a través del cristal, que se empaña por la respiración tibia de mi nariz y mi boca, casi pegadas a la ventana. Y entonces ella se acerca, pega su frente junto a la mía, en el cristal, y dibuja un corazón con el dedo en el vapor que exhala de su propia boca. Pues fuera, en realidad, no llueve. Al contrario. es un día de septiembre con 32ºC a la sombra, inusual en la islita.

Se desdibuja su cara, claro. Sabe que está reproduciendo el patrón que les llevó a la separación, pero estando ya separados. Y se desdibuja ese amor tanto que se desploma el alma al recordar otra vez cuántas veces se repite en su cabeza algo que no tiene vuelta atrás ni remedio. Sigue Momo siendo lo mejor que le ha pasado en la vida y la que ha perdido más. 

Más cuanto más tiempo pretendió él mantener la mentira y sepultar los sentimientos. Ella sabía, de cualquier modo, que la mentira acabaría por separarlos. Estaba muy colmado el vaso hacía mucho ya. La había hecho incluso cómplice forzosa de sus mentiras. y su intestino no podía más. Por eso cayó enferma y estaba inmunodeprimida cuando la atacaron los parásitos.

Todo forma parte de lo mismo. Pero de cada detalle, de cada suceso, ha de guardar registro.
Ahora es más importante que nunca.

Los cínicos de su vida, se desdibujan. Quien ve la maligna dependencia o la conoce, del modo que sea y aunque Momo no sea accesible cuando sufre (de hecho es cuando más ganas de aislarse tiene, porque no está preparada para que la vean tan mal), y no coopere en aminorarla en la medida de lo posible, es cómplice, y solo hay palabrería. Que está harta de aguantar el cinismo de quien no entiende que un "estoy aquí para hablar" no le sirve de ayuda cuando necesita comer y pagar facturas, directamente.





Se desdibuja ese mundo de hombres que la contactan para halagos de mierda, que no le dan de comer. No necesita ya a ninguno, para nada. Si hay que luchar contra la agorafobia y volver a currar en los bares, entonces cerramos los puentes de paso a la ínsula.