26 abr. 2020

Ella estará bien.


Encontrará la luz, como en la otra ocasión, en que la vislumbró y os sacó a ambos del hoyo oscuro. Sabes que tiene esa capacidad.





Ya no sirven. Ni las palabras que hace mucho tiempo que no cree. Ni las miradas compungidas, que realmente puedan albergar arrepentimiento verdadero, tras el abandono.





Ella sabe lo que ha sucedido, lo sabía hace tiempo. Y ha sufrido lo indecible. Creía ya que no sabía comunicarse, que su voz no tenía ningún sonido audible. Llegó un momento de total confusión. En el que renegó de su propio sentimiento identitario. De la mochila de la experiencia. Se confundió y perdió entre la gente, intentando justificar el hielo. Llegó a comadrear con gente que le quitaba hierro a sus asuntos, pensando que quizá la loca era ella, la que veía desprecio donde únicamente había un hombre al que aceptar tal como era. Ya no pensó en que ella también moldeó su carácter, con anterioridad. Empezó a creer que era muy egoísta por sacarle de su medio. Un buen día incluso la asaltó el pensamiento de que el paraíso del amor había sido una cárcel para el otro y que lo había presionado para llegarse allí juntos.





Estaba escuchando, para calibrar su sesgo sobre la igualdad que ansiaba conquistar, a otras almas que decían obviedades pero con una distorsión sobre las causas: que el mayor sufrimiento inmerecido es el de los inocentes. El de los que no han pedido estar aquí. Sin percatarse de que nadie, absolutamente nadie, independientemente de la edad, ha pedido estar aquí.





Olvidó sus razones. Sus raíces más profundas. Comenzó a ceder terreno a personas malintencionadas, que hurgaban en su corazón y que le atribuyeron malas intenciones a sus palabras. Y en ese momento, cuando debería haber despertado, entre la vorágine de gente que tira de distintos lados de tu cuerpo, de tu pelo, de tus extremidades, de la chaqueta y de la cinturilla del pantalón, peleando y despiezando a cachos la presa de la manada, insistió en quedarse allí. Para comprender. Para entender aquello. Por entender a quienes había querido sin reciprocidad, aunque ella se equivocó, y creyó que sí. Y aún hoy sabe que muchos están ignorantes de toda esa moviola de subterfugios. Bien que lo sabe y le duele no haber parado a tiempo. Por mucho que ahora sí sea consciente de que ahí la popularidad y el "no te signifiques, no te metas en camisas de once varas", han sido decisivos para que le dieran la espalda cuando la jauría saltó sobre ella.





Valiente. Eso es lo que ella sabe que ha sido. O sabía. Ahora piensa que saltó la valla contigua, hacia la temeridad.





Pero no son los lobos. No es eso. Está pensando, convaleciente aún, aunque casi lista para recibir el alta, en quienes le dieron la espalda, cuando dudó y criticó. La cuestión es que creía que conocían (y le aceptaban) el carácter arremolinado y peleón. Y no era así.





Así que Ella piensa ahora que, cuando entró en ese reservado de gente oscura, lo hizo refugiándose en un lugar del antro en el que su vida desmoronándose fuera no era tal. Lo hizo creyendo que se equivocaba en sus sospechas de desamor y queriendo que esa gente le hiciera ver de nuevo al hombre como bueno para ella: "Las mujeres no somos seres de luz, tenemos lo nuestro, hablamos a gritos, nos comportamos caprichosamente, se lo debo todo a él", concedió, traicionándose.





Y cuando después de la larga pesadilla, se envolvió en las telas del tornado, (y se las quitó después, quedando en cueros a ojos de extraños) para después caricaturizar su locura, en el medio del trance de los descubrimientos dolorosos sobre el verdadero maltrato de él, ahora, nadie tiene una palabra amable ni un mensaje privado de aliento o incluso de crítica: "mira, no, no hables en el antro de que te ha hecho mierda, ahora es un ídolo porque se metió en un marrón; que sí, que suponemos que ha sido la gota que ha colmado el vaso y que probablemente te ha dejado de lado en el peor momento, pero que aquí no. Que ahora te comes tus palabras..."





"Y ella muy rara. Muy callada. Con lo bocazas y troll que es en redes..."





¿Quién es ella, en realidad? ¿La del Vermouth en el Museo de la Evolución Humana? ¿La del asadero con la Gran Familia? ¿O la bocazas que arremete contra el que la llama y trata como a una mantenida en redes?





Ella sabe ya, desde muy temprano, en su vida, lo que suponen las máscaras. Por eso sólo le gustan las de pestañas y las de Carnaval. Y nada, cada día menos, las que sirven de parapeto para la cobardía y la tibieza. Las que salvaguardan personajes que ella ya vio mucho antes de que se la pusieran.





Ella sabe qué hacer. Ensayo y error. Pero nunca más idealizar a nadie. A nadie que tenga careta y miedo de mostrarse sin ella. A nadie ha de confiar sus desvelos, como antes de que empezara todo, hizo.





Porque ahora sabe el precio y que no hay atajos posibles para llegar al fondo.





Ella sabe cuál es el camino y sabe que honestidad y valor no están bien vistos en esta senda. Sabe qué dirección tomar en el cruce. Sabe que la paciencia ha de ser su compañera de viaje. Que sinceridad y coraje son características de los sensibles y de los suicidas emocionales.





Omite, entonces, mucho de lo acaecido. Por intentar la coherencia que la manada, en realidad, aborrece.





Pero estará bien, ahora que es un poco más libre.