12 oct. 2019

Campaña.


Cuando me siento a escribir puedo estar inspirada previamente o no.





Hay ocasiones en las que, como hoy, escojo un tema al azar de los que tienen relevancia en mi vida, en pasado, presente o incluso en futuro, como buena soñadora. Pongo un título y a lo que surja. Me funciona. De repente vienen ideas y juntarlas con letras no me resulta complicado.





La música de fondo ayuda. Me hace brotar la emoción y relacionar lo que sucede en mi día a día, o sucedió algún otro del pasado, más o menos reciente, e incluso lo que espero que algún día suceda, o mis deseos más íntimos que ahora puedan encontrarse aún insatisfechos, con el tema enlazado mediante el título.





El poder connotativo de las palabras. Lo que amo de la Literatura ahí está contenido. En la cantidad de aristas y matices infinitos que una acepción de la lengua pueda aportar a la interpretación de una expresión, verbal o escrita.





Lo connotativo.





Campaña como vía de instrospección, propia y ajena. Como molestia que se antoja insalvable, como analogía de una relación rota en la que una parte se empeña en darle otra versión de sí misma al que quiere marchar.





Cuando ya has dicho que no. Que nanai. Y seguir. Y empeñarse en mostrarte vídeos, audios de intervenciones en las que estabas presente, desayunando con un móvil pegado a un hombre sentado en la silla de al lado.





Y van tres. Y no comprender que eso ha sido la puntilla. Que no me interesan las intervenciones en el pleno. Que necesito respirar otra brisa.





Campaña como refugio. También, necesario, para evadir el mal rollo reinante. Para nada es agradable vivir con la frustración personificada arremolinada en cambios constantes de humor.





Pero la resistencia al cambio nos devuelve esto: tercera campaña del año.
Electoral de la izquierda y contra la separación de la convivencia en paralelo.





No sé aún cuál de las dos será más tediosa. Sí sé con certeza que una de ellas está condenada al fracaso.
Porque va contra mi esencia.