9 dic. 2019

Ingredientes de la Tierra.


Observando los granos de un reloj de arena, caer y acumularse.





La composición granítica de una vida. O los ingredientes de una receta, junto con todas las variables y factores externos al producto, que la modifican, matizando -para bien y para mal, también-, el resultado de la fórmula original.





El origen rural, sencillo, de pobreza y humildad. De sacrificio.





También cuenta la conciencia de la intervención de la guerra y la dictadura franquista, por las represalias y el poder que de su mano adquirió la Iglesia católica en este país, -en cuyas garras cayeron no pocos menores desamparados-, en las vidas de mis familiares más directos. No con huellas tan profundas como el asesinato o la cárcel, pero hubo mella suficiente y consecuencias. Como en la de tantas otras personas, aún hoy sin recibir justicia y reparación.





De aquellos polvos estos lodos. Siempre he sabido de la responsabilidad de los que aún espero la Historia ponga en su lugar, como carniceros execrables que fueron, en la miseria y la situación dramática para algunos miembros de mi familia.





Crecer en un barrio de aluvión en expansión tras el éxodo rural, Gamonal, antiguo pueblo del noreste de la urbe que me vio nacer, y en el que me he desarrollado, junto con mis hermanos y vecinos, viendo una línea imaginaria desde la barriada militar hacia el centro, bajando el Arlanzón. Nosotros éramos los pobres horteras con chándales y zapatos. Ellos los que, aunque te creyeras aceptada en su club, subían a Gamonal para que les preparases la merienda de cumpleaños al futuro cuñado, en el garito que regentabas, después de varios años tragando mierda por cuenta ajena. Y para que les sirvieras, claro. No, tú no te sentaste con ellos a la mesa.
Que después de acabada "la velada" intenten gorronearte unos cubatas, para colmo, al pagar la cuenta antes de irse a las mil y monas dejando todo hecho un asco, sin ofrecer ayuda nadie y babeando a tu floreciente hermana de 16 años.





Los granos del reloj, que se acumulan. El frío recio de la meseta castellana. El cierzo, las heladas, el cielo gris oscuro y la calefacción central que otros no tienen.





Mamá en Laredo. Su bronceado y sus ojos torcidos haciendo muecas para provocar nuestra risa; La mala leche y el arrojo, su alegría y su tristeza. Su extroversión que me incomodaba, haciendo de mi una niña tan tímida, que desarrolló poco a poco aversión a ser el centro de atención y siéndolo, paradójicamente, en muchas ocasiones lanceada por los flashes a su pesar.





Al otro lado del charco el alisio, la luz que todo lo baña, suaves temperaturas y salitre, junto a la vega del volcán enigmático.





Vino y rosas. Tardes de amigos, de barbacoas y charlas. Olvido de lo dejado atrás pero no del todo. Yo ya era madre. La dejé atrás y no la parí. Pero la dejé atrás. Y cuando vino, asustada por lo que había hecho al estar perdida y sola, no la supe escuchar. Con mi enfado e indignación la eché de mi lado. Y se fue. Bien lejos se fue.





Yo era feliz y egoísta. Follaba y lloraba de felicidad, pensé verdaderamente que no acabaría tan rápido como acabó.





Y otra vez pasó y de nuevo volvió a mi vera. Pero cuando fui madre pariendo, volví a echar al ratoncillo♥ de mi lado, a los brazos de quien más daño la ha hecho. De todos. Por tiempo, por espacio, por chuparle más sangre y energía, que la debilitó. Ya pasó.





Y también, hace más de eso, el golpe de mi Silvi. Mi mejor amiga. Ahí y desde entonces, porque ya me lo enseñó la Pitu♥ en ese momento, entendí que estar enfermo mentalmente es una cosa y ser malo otra. Que existen ambas cosas y que pueden coexistir o no, pero son distintas cosas. Y dejé de justificar al malo enfermo y a la mala egoísta enferma también. Sigo pensando que era él el peor, pero su truculenta historia de celos se les fue tantísimo de las manos, que aún hoy perduran los efectos nocivos en terceros inocentes e ignorantes de sus enfermizos juegos.





Fue la primera persona de allí que perdí estando aquí, en la luna. En la isla lunar. Y no erré al echarla de mi lado, al contrario. Pero era de tal fortaleza el vínculo, fue tan dura la decepción, que estuve años lamentando lo sucedido y extrañándola. Fueron mis hijas, cómo no, las que mucho después, pasados seis años, me darían descanso con el tema de mi amiga del alma perdida.





Nacer ellas aquí. Todo lo que supone Lanzarote para mi es un puñado incesante de grava y canto rodado de la orilla. De colores. Del color de cada una de sus salvajes y únicas calas. Bello. Geología en movimiento, la dinámica del mar. Mi formación de Ciencias interrumpida. Una enumeración vaga de componentes y cristalitos en el mosaico de la vida.





Mi vida sin ella. Mi vida con ella. Mi vida con él. Mi vida sin él.





El viento enreda mis cabellos en la islita y si cierro los ojos me transporta. A la orilla del río Pisuerga. A Santoña a comer chopitos y sardinas, donde luego escapé un fin de semana a que me explotaran, el primer verano sin mamá. A los sitios donde trabajé, la gente que conocí, los hombres y mujeres que amé.





Los niños que perdí.





Todos los perros y gatos de mi vida, son muchísimos, cuento también los que conocía del barrio, del pueblo, los de la familia y amigos...





El periquito que mi hermano mayor trató de curar con un cuarto de aspirina, antes de que volviera mamá, y la palmó. Y le dio la aspirina porque lo notó temblando y resfriado después de sumergirlo para bañarlo. En fin, que nos la cargamos por matar al pobre pájaro. Tanto el brazo ejecutor como los cómplices curiosos y consentidores, que queríamos ver cómo acababa aquel rol play de veterinario que se estaba marcando el 'punki primogénito'. Y 'follow the lider'; hasta que llega la Agus de la pelu, claro...

Ha quedado un cajón desastre precioso y ahora estaba pensando en pedir a mi hermana que haga un prólogo a Pandora.

El caos. También SOY.

PERO: "AMA, AMA Y ENSANCHA EL ALMA"