7 mar. 2020

El desgarro.


Recuerda las escenas, de hace veinte años atrás. Mucho tiempo como para no haberlas borrado. Hubo muchos momentos desde que ella expiró en los que quiso salir huyendo de aquello.





El primero es atroz. Unas palabras al oído de un padre ruin e incompetente.





Y el siguiente también de él, varios de ellos, en realidad; dominando el podio la escena de las tarjetas de débito a la cara, seguida del día que mi hermana llegó del cine con él y una amiga y entró llorando a la carrera en casa para encerrarse en la habitación. Y en todo lo alto el día que por casualidad pillaron al hermano en casa a la mañana, para atender una llamada de la entidad con la que se firmó la hipoteca, después de varios infructuosos intentos. Porque no estábamos a esas horas en casa, cosa que padre sabía. Así que también salía del trabajo para interceptar la correspondencia del banco a los avalistas, y fue guardando todos los sobres en una gaveta, ocultándolos de nosotros. La consecuencia colateral fue que perdió su puesto de trabajo al ser una plaza pública y producirse quejas por el abandono del puesto, repetido y prolongado.





Es muy honda también la angustia, la estupefacción que provoca que un hermano con cuatro años más que tú, te acuse de no "cuidar de tu padre y tus hermanos, que eres la mayor de los que quedan"





El dolor quemador que enciende la ira, en otro momento de nula empatía y respeto al duelo por mi madre, que me resultaba imposible de hacer. Todos los días la añoraba y lloraba amargamente, ¡qué hiel, qué bilis en aquel sufrimiento! Y entonces el pequeño estableció una amistad incomprensiblemente sólida con el ex que me engañaba con otra chica mientras estaba ingresada en aislamiento con mamá. Y que finalmente, aquella chica de Donosti, estuvo unos años saliendo con el delantero. Qué íbamos a hacer.
Pero el desgarro fue que, recién dado el adiós a mamá y apenas un mes después de descubrir la traición, empezó mi hermano a coger hábito de hacer quedada de pizzas y películas en parejitas, en el salón de mi casa los fines de semana. Entonces yo llegaba de la calle y me daba de morros al entrar con todo el papelón y el extraño cuarteto. Y ganas de morirme, me daban también, claro. Mientras, mi hermano saludaba con despreocupada normalidad desde uno de los sofás. La única que ponía cara de "¿Qué coño estamos haciendo aquí puteando a mi cuñada?" era la novia de mi hermano. Sólo que ella nunca le contrarió con los planes que se le metían entre ceja y ceja. Sí. Mi hermano el pequeño, el único que es menor que yo de los varones. Pero como era hombre también, hacía lo que se le salía del escroto y pisaba a su hermana, a la que le había caído un buen marrón encima. Bien que lo sabía y en estas cosas estaban los primeros acordes del fado.
Después de aquel primer periodo de unos meses -en lo que fue el último hogar familiar con mamá, antes de la mudanza a la periferia norte y del desahucio de ese piso,- por fuerza tuve que coger las riendas de la extraña familia de tres hermanos pequeños emancipados de padre, que fueron agregando cada uno a sus parejas al núcleo, complicando la vida de ellos, a su vez. Porque con la desestructuración familiar, en particular en lugares donde el conservadurismo y la preponderancia del núcleo familiar tradicional es especialmente llamativo, como es el caso que nos ocupa, la masa es muy intolerante y el comportamiento social, de grupo, rechaza las estructuras alternativas que surgen al abrigo de unas necesidades afectivas no satisfechas, primero por la pérdida de la madre y posteriormente por la del sentido común y la responsabilidad del padre. En nuestro caso, los pilares de la estructura, no estábamos seguros de lo que hacíamos con nuestras vidas. El que yo sustentaba, por veteranía y aprendizajes avanzados previos, derivados del machismo puro y duro, debería ser, por la presión de las expectativas sobre mí, el pilar mayor del nuevo hogar de la menor en desamparo. Coincidiendo que recién había comenzado la que ha sido la relación estable más larga que he tenido, con el padre de mis hijas, cuando empezó toda la vorágine de la quiebra del núcleo, con el abandono de facto nunca denunciado, y todos los problemas en torno a esos acontecimientos que se sucedieron tras la muerte de la matriarca. Sí, obviamente hoy ya no cabe duda de que en la relación se establecieron fuertes vínculos por la vía de la dependencia emocional. De la que provoca sentir de repente el abandono del que ha sido uno de tus principales referentes, en circunstancias que nadie -estoy segura de esto- cree para sí mismo posibles hasta que se le presentan en la vida, ni aún siendo alta la probabilidad de que suceda por los antecedentes del prota del desastre. El surrealismo y la dadanoia se me quedaban pequeños para describir el género de ficción que parecían nuestras vidas en aquellos días.
La confusión, la incertidumbre y la angustia con la que me acostaba, pared con pared con una pre-adolescente que vivía una situación de telenovela turca, aterrada por las consecuencias que de todo aquello se derivaran en su alma. Era aún tan pequeña...- ¡Ay, madre mía!-, lo que sufro aún cuando pienso en mi pobre madre angustiada por la posibilidad de no sobrevivir. Y en esa carita de niña, ratoncito, callado como una tumba.
Así todo el día, pensar en los hombres de tu vida, en lo que han supuesto. En el balance bastante negativo cuanto más cercanos en tu entorno.





El alejamiento difuso de mi hermano mayor, que puso algo de tierra de por medio y empezó un tiempo de decadencia de nuestra relación especial de toda la vida, que duró años. Aunque no olvido nunca los silencios de mi hermano mientras nos peleábamos los demás, en aquellas reuniones, solo interviniendo para poner paz y arbitrar. Recuerdo su faz triste, sus manos sobre ella, en algunas ocasiones, incrédulo por las palabras que sus hermanos se dirigían entre sí, en menos de un año del fallecimiento de madre.





El vínculo que fue adquiriendo cada vez un tamaño mayor, pero de quiste maligno, con el pequeño, con el que se produjo aquella etapa de convivencia forzosa, hasta que, en el primer amago de ruptura que hubo seria de mi relación, se desbarató la convivencia, porque efectivamente mi hermano intervino sin ningún derecho en asuntos personales. Pero en aquellos momentos, aunque asfixiante, siempre lo fue, la relación fraternal era de piña solidaria intentando sacar adelante a la benjamina, codo con codo y con discusiones muchas veces más de tipo conyugal que de hermanos que conviven por compartir gastos entre sus precarios sueldos.
De hecho la intervención en la vida de su hermana mayor, igual que la de muchos otros miembros varones de la familia, era de un cariz claramente paternalista. Hasta el punto de tener que tragar una y otra vez con visitas y conductas inadecuadas de él durante aquella época, amistades poco convenientes o decorosas, etc., para sortear discusiones que hacían el ambiente del hogar una olla a presión, para una chavala en secundaria y con un complejo de carga importante ya en ese momento tan temprano de su existencia. Incluso, aunque lo quisimos con locura, nos impuso la convivencia y colaboración en la crianza del cachorro de pitbull que adoptó. Los problemas que nos dio el animal fueron de dolor en el alma por lo bueno que era y lo estigmatizado de su raza. En vida le mordieron a él, jamás llegó a defenderse, siendo muy capaz de hacerlo, claro, y fue un perro noble y cariñosamente fiel. Pero la realidad es que fue impuesta su compañía. Como también es el que años después ha reabierto esa tremenda herida a la que un día hecho buenos puñados de sal.





Loudum, 49. G-3 Burgos. Tino y yo. Años 2001-2003.




Junio de 2019, veinte años de ausencia, cuatro días en torno a un efemérides crucial en tu vida, cuatro. Que abrieron la caja de Pandora...