18 may. 2020

Ternura no hubo.


En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver...





Y el día que acepta su locura para soportar, o mejor dicho, porque ya no puede soportar más que le digan todo el rato que se inventó el cielo de tanto que lo idealizó y que no había nada del otro lado. Como que alguna vez Ella no habría sabido que, de los tres, al menos tenían el deseo y el humor. Eso estaba clarísimo que lo habían tenido. Mucha risa y mucho deseo recíproco.
Y la duda de la loca, que no mala, fue si estaba de ida y vuelta la ternura.

Pero no hubo ternura de él. Es lo que se empeña en demostrar o ella nada en comprender.
Los bandazos, las dudas, los miedos. Los tímidos. Y toda esa selva, esa mascarada de egos que dicen lo mismo, piensan parecido a ti. Pero no le pueden dar estatus de cuerdos a los pensamientos de una macarra. Lo que se ha dado en convertirse en una gamberra, que descubre con indiscreciones de patio de vecinos o de la ESO y el BACH, lo cínicos y doble moralistas de una sociedad educada en una represión nacional católica que hasta a los conscientes de ello les cuesta reconocer. Lo permeables que son a esas mierdas de juzgar.
Que sea el antro el sitio donde te tienen que poner carteles con luces sobre lo que es caballerosa pretensión de aviso, como que no termina de verse que pueda haber pervertidas a las que no les importe que haya otras. Que entiendan las cosas de dos como de dos y distintas dependiendo de la gente que entre o salga de ahí. Y pervertidos. Adorables personas calientes.

Debería ser fácil ver cómo juzgan tu manera de sentir las relaciones afectivas y sexuales humanas, en ese sitio en el que te has acostumbrado a estar ya, aunque mejor con cerrojo. Cuando ya tienes un recorrido. Parece claro lo que quieres y lo que no.





Dosis de gran concentración de ternura, que pueden darse en contadas ocasiones en la vida. Pero pueden ser un combustible para ser feliz más etapas, junto con la soledad y a veces la tristeza de los que ya no pisan.





Ternura no hubo y por eso nunca quizá se irá el miedo, detrás de desatarse la ira. Sentiría ella ternura pero no hubo la de él y teme su desprecio. Así es.
Pero ternura no hubo y la metáfora es una locura de ella, que no fue confusión si no su alucine de vivir los instantes vitales que la componen.





Ternura sí hubo: la de Ella.









No es tierno apartar el rocío de unos labios desesperados porque ganó el miedo en todo. No estaba la ternura, no.
Y las risas de después ya no sabes. Hiciste borrón y está funcionando en la memoria, aunque se resiste y trata de repasar los chats que ya no están. Nunca ha vuelto.





Echas de menos esa ternura que no hubo, al parecer, loca.

Buscarás otra piel, otras bocas que deseen tu fuego, con paciencia para el corazón desbocado, tras el deshielo...