21 jul. 2020

Sal en la herida.

Me muerdo las uñas y me hago heridas. Eso tiene como consecuencia que, cuando voy a cocinar y cojo una pizca del condimento conocido como sal común, vea las estrellas en ocasiones. He aquí una posible explicación a mi masoquismo. Voy a empezar a ponerlo en práctica para el placer que no sea el del buche. Porque además cocino que me salgo del mapa y por ahí también me sé ganar a los amantes, si quiero. Tengo que querer pero tampoco me gusta nada esto de tirarse el moco on line. De las pocas cosas que me parece inaceptable, tirarse el moco de algo evidentemente indemostrable, incluso haciendo una rigurosa descripción de la receta del plato. Y esto es así. Por muy buen aspecto que tenga el resultado final. Así que, efectivamente, desconfío de todo manjar que me muestren en foto o me cuenten con palabras que lea u oiga. Ni gusto ni olfato son posibles y no me creo casi ni a los que tienen restaurante para ir a comprobar. Salvo honrosas excepciones, claro. Entre las que están, por poner un ejemplo clarísimo, para mí, Pedro Larumbe. He probado chorradas tan vistosas como la reacción exotérmica de la disolución de sal fría en las gambas. Que encima eran de La Santa, un productazo de lujo, ¡qué desperdicio y qué pena de carmela con sal gorda, como las han hecho aquí toda la vida! Vaya puta mierda, no nos las comimos todas. Y me da vergüenza escribir esto, pero a la vez, qué ganas de escribir esto, desde que las comí, el día de mi cumple pasado. 
Aunque ya se habían encargado de joderme la velada, para esa noche con mi hermana, los dos hombres que en ese momento estaban en mi cabeza y en mi corazón, en distinto modo.

Así son. Los hombres ombligo. También a ella le jodió el suyo, tres meses después, aquél otro. De la manera más vil que en mi vida haya visto.

No se conforman con no estar a la altura, con quererte mal, con darte migajas y, si llegan, además tarde. Tienen que joderte días señalados, hacerte papilla en fechas especiales. Remarcar que lo suyo siempre es más importante que tus sentimientos.

Pero esa sal es la que avisa. Saca la mano del salero, pon tus dedos bajo el grifo.

Y de la otra sal, la de las imágenes impostadas que no son para ti, sino para demostración a otras, porque de ti no sabe nada, aunque tenga el atrevimiento de hablar, es fácil sacudirse.

En cuanto piensas que se sacudió de sus obligaciones de enmendar cagadas acudiendo a tu propio feminismo. No al de él mismo. Y por supuesto tampoco al de ella.

Lástima de lenguaje no verbal. Pero gracias a él que lo veo todo transparente, como las cristalinas aguas de la islita.