4 jul. 2020

Sesenta y siete.

Veintiuno y dos semanas sin ti.

Una losa aún.
No me la levanto, mientras no me sienta del todo a salvo...

Estoy en plena galerna subida, un montón de incertidumbres y un pernicioso virus y los que vendrán. Y temo por tus nietas, claro.

Me preocupa en especial la mamba oscura porque es frágil emocionalmente. Y muy perspicaz, de las que te la dan con queso porque lo último que piensas es que está atendiendo o enterándose de la vaina que la rodea. Y al cuarto de hora te la suelta: "Que sé que estabais hablando de lo de la playa, la titi y tú, antes..."
La típica niña que tú dirías que "es más lista que un conejo". Y pienso en lo que te gustaban a ti, pequeños, bebes... En cómo se te daban, lo que te querían todos los primos y los niños que han pasado por tu vida. Quizá los que peor hemos valorado eso en vida fuimos nosotros. Aunque no, en realidad. Nosotros siempre supimos que eras enrollada y avanzada a tu tiempo por colegas y amigos que te conocían. Por tu inmensa generosidad. Porque a cualquiera que entraba por la puerta ya le ponías un plato para comer en la mesa. Porque nos hemos llevado de vacaciones a primos, a amigas mías, colegas y novias de Javi, de Ra, de Ru, y de C. Al apartamento alquilado en la playa. Al pueblo. Tu casa era la de todos, mamá.

Muchas veces pienso en eso y siento mucha rabia. Es la catarsis eterna que me queda por hacer. Que pidieras que nos cuidaran y todo el mundo permitiera que los tres pequeños tuviéramos que independizarnos a las bravas y con una mano delante y otra detrás. Y tú sabías que así podía ser efectivamente, por parte de algunos, tal y como actuaron. Tampoco ya me sorprendió a mí, pocos años después de faltar tú, cuando salía del curro a tomar una al Quinta Avenida, trabajando al lado, y me dí de morros en la entrada con cuatro personas. Pero es que mi tío el comunista no tenía ni puta idea de dónde trabajaba la hija de su hermana muerta, como para pensar en tener la precaución de no ir adonde aumentaba la probabilidad de que le vieran. Mi tío el primogénito, que considera que hacer algo por mis hermanos es llamarlos a ellos para pintar la casa en vez de a otro. Por eso tiene el número guardado, en resumen.

Siempre supiste. Recuerdo tantas charlas ya mayor, mamá, contigo, cuando empezaste a tratarme como a una mujer. E igual yo contigo, que te sentía cerca y con confianza para decirte todo, lo que me parecía mal, lo que me agobiaba, lo que sentía si tenía algún problema, con amigas, con los chicos que me gustaban...

LA VIDA COMO UN CATÁLOGO DE EXPERIENCIAS INTERGENERACIONALES

Eso me angustia de las niñas. Que sean opacas para mí. Yo nunca lo fui para ti, mamá. Excepto con una cosa. De la que ahora me arrepiento haber callado, estaba asustada y temía mucho las consecuencias. No quise hacerte sufrir, en los últimos años... llevabas tiempo deprimida cuando llegó el diagnóstico de la enfermedad que fue letal.

Que no sean como yo no he sido para ti, ni mis hermanos. Eso sé muy bien de dónde procede y cómo se ha retroalimentado. Me culpo, como siempre, por eso hoy te recuerdo, como todos los días, pero más por escrito en uno como el 3 de julio, tu cumpleaños.

Sesenta y siete ayer, qué linda viejita resultona serías, mamá. De calle te los habrías llevado divorciada. Ahora veo mucho que antes no. Es triste, aún más triste.

Pero voy a besar unos ojos mientras cabalgo a su dueño, no me detendré.

Por ti. Por ellas. 
Con ellas al sol y nadando en la marea es como veo tu sonrisa en mi mente y lo contenta que estarías, a pesar del último tramo, de lo andado en el camino. Sí lo creo, mamá. Aún te extraño. Será para siempre, imagino, esto ya. Pues vale, lo llevaré con alegría, pensando en esa sonrisa tuya viendo a tus nietas en la arena jugar.