10 may 2021

Anclajes.

Aquella galerna en la ría de Laredo, cruzando de Santoña al Puntal en un momento crítico, ya avanzado el temporal, y en nave mediocre y vulnerable. De aquello le quedó el trauma a mi hermana, que odia navegar. En mi caso la primera vez que subí a un avión, viniendo a la isla de vacaciones, de hecho. Pillé tales turbulencias, de estas de aplausos de pasaje en pista al aterrizar, que mi fobia es a volar.

Adquieren para mí una importancia, tanto física como metafísica, los anclajes que establezco en la vida. Soy consciente, al menos, de necesitar esa muleta. Veo que el paso del tiempo es necesario para curar heridas y evolucionar a sociedades más humanistas y bellas, tal vez. Aún más, cuando me siento optimista y veo lo bueno a mi alrededor. A pesar de que al segundo salta la noticia de un bebé nacido en travesía en un cayuco o una matanza inasumible en Colombia. Vas dando saltos. Entre la risa, la belleza y lo atroz.
Entre la misantropía y la fraternidad necesaria entre las buenas personas, entre las que, claro, te incluyes.

Pero, a su vez, el paso del tiempo que curará las heridas, y necesariamente para ello, erosionará la memoria. Tanto de lo malo como a veces de lo bueno. O incluso de lo cotidiano que en algún momento echas o echaste de menos. Las trampas del amor romántico...

Anclajes del alma. Una foto de un estado de ánimo en una ocasión que fuiste feliz.

Estas letras, este blog. Son un ejemplo. Soy madre y hace diez años no lo era.

¿Veía el mundo de otro modo? Me gusta poder leer mi vida de 2008. Mis idioteces, que ahí siguen, tanto como mis brillos de payasa sin remedio y de sentimental hasta la náusea.

Soy puta y no sé si siempre lo fui, seguramente sí, para muchas personas que ni conozco... Pero hacerlo profesional es reciente y aquí está esta mujer, fuertemente evolucionada por la experiencia vital, que comprende la migración, la opresión machista familiar, después la conyugal, un embarazo, parto e historia de crianza múltiple y un mestizaje que da como resultado esta que soy ahora.

No sé si quizá sea una excusa, un canto al dolor. Un reproche. Claro que vivir cuesta vida, necio.

Pero merece la pena ser vivida. 

Y continuará la saga. Pues fueron cinco serpientes, no cuatro, como reza aquel post de este mismo blog.

Otro anclaje más. Y otro, y otro más.

Y da miedo soltarlos pero a veces es necesario, para navegar a puerto, cuando se acerca la galerna.