21 may. 2020

Catwoman de verde.


Con pinturas de guerra. En el avatar de súper-heroína felina con sombra y purpurina verdes. En la foto antes de embarcar... de camino a ti. Hizo lo que fue a hacer. Un trámite. La derrota es tuya, que no lo abrazaste con el fuego que trajiste de regreso al volcán.





Eso temía él, antes de verte, esos fantasmas de dejarlo todo y plantarla de cagadas. Se dice tonto y la tonta fuiste tú. Ahora lo ves. Que no se lo demostraste. Tú llevabas los tuyos propios y pesaron más que tu propia felicidad. Hiciste tu propio fracaso y le reprochaste a él. La oscuridad que vendría, tras de no poder volver a veros.





Típicas alegorías de preguntas y cuestiones en las que re loco acabaría tratándote de bobita linda. Y tú enfadada. Porque eras tú, con él. Puramente tú. Incluso arrebatada, eras tú. Y él lo sabe. Por eso le hacías reír. Por eso le amas. Porque...¿entendió?





No es eso, nunca fue. Sí es en parte, guardarte en canciones secretas. Pero no soy yo quien tiene problema en compartirte y el Indio es un embustero ahí porque no es la preferencia. Es ser libre contigo, que me lo espoleas, aún sin estar en mi vida y añorando esos susurros siempre.
Nunca fuimos sino amantes, excepto cuando debimos haberlo sido. Así de al revés está hablar de lo nuestro, sin empezar. No será poco tiempo el que te ame, pero no creo en la suerte, mi rosa oscura, mi soñador...





Esta duele, te quedas con lo valioso, te lee, o eso tú has dicho. Pero lo cierto es que no fui yo la gran mujer y no preguntaste si yo pretendía ser éso. O si simplemente quería estar a tu lado cuando quisieras estar conmigo, sin necesitar preferencia (¿Cómo sería eso posible?) ni estatus de ningún tipo.
Días con una mano, en el año. Como mucho.





¿Quién se entregó, quién no? Ay, no soy yo de santos, sí de reproducciones.
Tu vileza y tu bisutería macarra de lucir en el antro, viejo indio, ¿a mí me quisiste vender ese queso? Nunca dudé de la falsedad. La tuya también. pero hay corderos vestidos de lobos, también. Caníbales de sirenas varadas que se tornarán mambas, reviradas en la ira del amor negado.





Silencio ante el dolor hace poso. El temblor del que habla es el volcán. La islita es voluptuosa y te mimetizas con ese carácter... lo de no entender la oscuridad te suena blando y no puedes pasárserla y te da igual ya todo, Rai. Esta no se la pasas a Pájaro Guía porque se ha pasado de naïf, que llevas treintaypico de años viendo la cara oscura de las personas. Parece un acomodado comunero de tres al cuarto el pobre viejo Alberto.





No interpretas nada más que un lindo tema que no compartes en lo que tú lees de metáfora existencial errada, de viejo de vuelta de todo. De repente una negrura, pero de lado oscuro claramente reconocible, la sinrazón. Asociada a la muerte de una manera tan trágica, que me recuerda mi propio eterno y exasperante duelo no resuelto por cien mil cosas a la vez y que se resumen en una: ausencia de libertad para decidir. Por dos veces. Los muertos en vida. Las imposiciones morales de los demás, los juicios sobre los caracteres forjados por una vida aleatoriamente compleja, como tantas otras historias humanas sobre el Planeta Azul.





Favorita. Impactante por la coincidencia con mi filia. Maravillosa. Alguna paralela, otras con otras personas de tu vida. Mi deseo y tus dudas, y al revés. Demasiado poco: los dos estábamos aterrados, la pequeñita mamba aún saliendo del huevecito.
Ironías, nada, ni bien ni mal, en realidad sin dar otra oportunidad a otro deshielo de nuevo. Nada hablado con sinceridad.





Con un vestido floreado, no con una falda. Y no era la muerte. Era la que vio lo que pasaba entre bambalinas, recién te encontraba. Y recuerda comprar ese trapo, no por moda, sí por querer sentirse bonita de nuevo para alguien que se fijaba como ella necesitaba. Pero fue una mujer muy débil, en el peor momento. Sabe que la de la Guadaña espera al segundo fracaso. El tiempo es inexorable, las modas ni rozan la relevancia de aquel.





Hay aún muchas interpretaciones fallidas por el léxico, pero la sonrisa sí está en los ojos. Y diría que el perro viejo que utiliza el rock para ligar con zorronas dio con una idiota que dejó el pabellón de loca del coño en el antro, bien alto. A cuentas de caer (o no, pero qué mas da ya todo) en las garras de un avatar personaje del carpe diem. Por decir algo. Cinismo a raudales o no entendí nada, tras la cruz de la confusión.





Esta me echa fuera, me parece cobarde y no hay encandilada ya ninguna en ese antro. Cuando ha caído el telón de lo que quizá ya no fuese. Pero... ¿era y participaba de esa competencia por la popularidad?
Aumenta la confusión. Cuando nunca estuviste preocupada por tu reputación ahí, pero de manera auténtica. Le veías la cara, la dimensión paralela de la que estabas más o menos out del círculo del salseo. Sin ver, ingenua, el peligro, metías a veces la nariz.
Resulta que reflexionas sobre algo que alguien importante en tu vida te repetía mucho: "Que tú no te querrás enterar de lo de los demás, pero los demás sí quieren enterarse de lo tuyo..."

Galimatías con vida laboral incluida en una estampa retro turística del Lanzarote de los 60, y de los sonidos más bellos plasmados. Aunque en roles inversos de género, es una linda representación de la perturbación que suponen los clientes tras la barra que te atraen o viceversa en un gremio que tiene un código de comunicación universal y todo es nostalgia y también mucho tiempo atrás.





Historietas de parias que se auto excluyen en tiempos en que nadie sabe y todo el mundo sabe dónde hay que estar. Todo el mundo sabe lo que es el amor pero nadie lo sabe. Todo el mundo sabe qué es la lealtad pero nadie es leal. Todo el mundo sabe lo que es la locura y te dirán lo que has de ser y hacer para que te tomen por cuerdo. Si te interesa o no es lo de menos. Lo harán, te dirán. Incluso con el silencio te dirán.





Sí son mejores que nada. Me expresan. Soy yo. Puedo arrepentirme de algún mensaje que llegó por ser feo, porque te doliera verte en un espejo que yo sujetaba. Y estaré equivocada, muerta en vida, pero sigo siendo de expresarme y no callarme. ¿Miedo y deseo lo empujan? No es eso, nunca fue. Me enamoré más el día que le vi la herida sangrante. El día en que la abrazaste a ella y su silencio. Un silencio nada inocente, justificado, quizá. No lo sé ni lo podré saber nunca, ni tampoco lo quiero saber. Pero la que has dejado de amar, la que sufre tus silencios, sufre por los silencios del amor que no recibes, porque no está, cada día. Porque estaría, seguro estuvo, pero ya no está. Yo estaba a todas y hacía mucho que no amaba. No quiero un hijo, no quiero un padre, no quieras una gallina ponedora.
Ama a quien te hace sentir vivo.





Eso es todo lo que el queso y los pasteles dio de sí, sentado enfrente de la muerte. No sé si volveré a escuchar otro, si publicara nuevo.





Rechazaste las pinturas de guerra que me pusieron ante ti, finalmente. Nunca me llegó nada, ni me dibujaste. Dices que te gusta una cosa y buscabas otra, amor. Nunca llegó nada...