24 nov. 2019

Desequilibrio.






Creciendo entre chantajes emocionales de todo tipo y orden, ascendente, descendente, más intensos, menos, de mayor o menor frecuencia, y algunos, simple y llanamente, abusos, por los que pasas de puntillas, -pues nunca lo superarás y ya lo sabes-, te crees a salvo de caer en la red de la seducción por el camino de la compasión.





Es extraño el desfase entre mi lentitud mascando la información que me da la realidad y la rapidez de mis movimientos, según mis hijas y la gente que me rodea, acostumbrados como están a verme volando haciendo mil cosas... cuando estoy bien. Y estando en mi mejor momento, que es ése, estoy revolucionada con un nivel de estrés insano.
Miro a mamá en la infancia, tras la ventana de la memoria a muy largo plazo ya. Pienso en ella limpiando y atareada en la cocina, a toda leche, guardando la compra al llegar a casa, dejándola impecable mientras canturreaba, preparando aliños y marchando en sus fuegos esos cocidos de escándalo o preparando la víspera, mientras escuchaba la radio y yo le hacía de pinche, pelando ajos, picando, o lo que me pidiera.
Era magnético observarla.
Reconozco esa mirada absorta y encandilada de mis hijas sobre mí, hoy en día. Forma un poco parte de mí ya, esta manera endiablada de hacer rápido las cosas, pero también yo era una niña tranquila, como ahora son ellas. Madre empezó a trabajar con nueve años en casa y con catorce ya estaba de doncella en una casa de postín donde residían y la humillaban privilegiados de la dictadura y de allí prácticamente salió para casarse y parir a mi hermano. Disfrutaría de salidas al cine, a salas de fiestas y a guateques, en aquella rancia España franquista en recta final, tres años apenas, antes del desliz. Lo que en aquella época te llevaba al altar sí o sí, si no eras de alta alcurnia o con posibles para salir fuera del país para evitarlo.
Y yo no empecé tan pronto a postergar la diversión, pero con 12 empecé a ayudarla más de lo habitual en las chicas de mi generación, por el nacimiento ese año de mi hermanilla. Ni siquiera hablo de perder a mamá pronto; tengo claro que aunque ella viviera, mi nivel de responsabilidad adquirido por la experiencia en casa, también sería más agudo que lo que marca la media de mi generación.





Y aún así, hasta muy avanzada la enfermedad, hablando de la depresión que arraigó en el último embarazo, no de la que se la llevó, ella era una hedonista, una disfrutona de la vida. Carácter fuerte y alegre que nos contagió a los hijos, pero que no para todos estaba aún suficientemente fijado cuando desapareció el astro del hogar, el ocaso fue así de prematuro. Más maduros y responsables que otros de nuestra edad, pero en plena tragicomedia de primeros amores y despertares sexuales. Muy malas edades y un preludio atronador en la misma madrugada de su adiós apresurado. Una mujer a medio hacer que de repente tiene que asumir los roles de una adulta que paraba todos los golpes habidos y por haber, e incluso más. Hasta que ya no pudo hacerlo y los destinatarios verdaderos del relevo se lavaron las manos.
Y aún hoy no está sacudido el negro pegado a la piel.
El 17 de junio de este año que agoniza fue la convergencia funesta de aquella partida, aquellas aciagas palabras al oído, las cuentas sin liquidar entre hermanos, los dolorosos reencuentros y las piedras del camino con las que tropezaste una y otra vez. Y ahí siguen.

El miedo atroz a huir y errar. De nuevo. Está siempre ahí. Hubo un tiempo que eras tan hiperactiva y resolutiva que te das asco por no saber encontrar el término medio.
Volver a ser la muchacha encabronada de antes, con ventitantos tras la barra de un bar, altivamente indiferente con aquellos a quien no intereso. Pues tampoco y es obvio el porqué.
No, no quiero eso con todo el mundo, pero sí quiero olvidar.





Quiero olvidar y es pronto, no puedo. Me gustaría ahora mismo no haberle conocido. O que hubiera sido un sueño. Revelador, como ha sido en la realidad, pero materia onírica de esta que me nutre.





Y veo el aquelarre agustiniano como un elixir bebedizo en copa duralex, con su vino de mesa y su alegría en torno a una.





"LA VIDA ES BELLA, MI NIÑA" [Y TODOS LOS DÍAS ALGUIEN LA PALMA]





Y vuelvo a pensar en que tengo que salir, respirar, tomar el aire, correrme juergas para olvidar, porque si no lo llevo crudo.

Me hace bien; pero no sé si porque quiere o porque se siente obligado a ello o incluso porque me mire como hermana pequeña, ya que tantas veces le dije a quién me recordaba, cada día más, por cierto.





Todas estas dualidades, aparentemente inconexas...





Curiosa y descreída - Ingenua
Desinhibida sexualmente - Tímida incorregible
Impulsiva y bocazas - Socrática y reflexiva.





Intentaré esperar a que quiera o pueda o podamos, pero sin prometer nada. Sigo escuchando al ruiseñor en su último sentimental canto, mientras espero que se abra un claro de luz entre las nubes.