31 mar. 2020

Mórdex.


Un día cualquiera. Pero están muy cuesta arriba; jornadas de luto y de devastador dolor que no se puede vivir a la manera de uno. Ahí en ese lugar infecto, te dicen hasta cómo ha de sangrar el corazón tuyo. Dolida vengo, desde hace días, y no sé explicar bien mis sentimientos. Diría que la perplejidad me tiene paralizada. Qué manera de arrancar entrañas ajenas.





Desempolvando las sonrisas. Las de emergencia. No hay certeza de un estado de ánimo que las acompañe. Sí hay, siempre la hubo, de tener disposición para la risa y la carcajada.





Las manos cada vez marcan más las venas. Con uñas largas y cuidadas serían más bonitas. Pero también más incómodas. Y no solo para teclear, limpiar el baño, fregar los platos. También puedes hacerte pupita al masturbarte con ellas.





"No te las muerdas, hija..."





Las dejé largas, mucho, para ese día. Nunca aguanté demasiado tiempo sin cortármelas, con rabia por estar harta de enganchármelas con todo. Y sin embargo, lo hice por ella. Entre todos los actos de homenaje, me quedé con el más absurdo. Pensaba que, de haber estado, le habrían gustado.





Qué tontería, mamá. De haber estado a mi lado en 2011, estoy escribiendo. No se habría celebrado esa traición a mí misma. Y recuerdo, ahora sí, sonriendo, cómo me divertía hacerte rabiar con eso: "Yo no me casaré nunca"





Y tus bromas: "Hija, tú cásate con un abogado, un ingeniero... alguien con posibles, que nos saque de pobres". Mamá y su sarcasmo.





Tú sí que eras un ejemplo de entereza. Una cómica de barrio y una jabata en la lucha. Lo que me fastidiaba ir contigo a la compra. Mucho.
"Mamá, por favor, si te encuentras con gente no te pares media hora a hablar, que tengo examen de Historia esta semana y lo llevo fatal"
Y entender que le daba la vida, tantos años después. Que la tristeza era cruzar el umbral y esperar la monotonía de la incomprensión y los sueños rotos. Porque ni la tienda de él ni el restaurante tuyo. Pero se intentó solo lo primero.
Carcajadas.
Y media hora no, era hipérbole. Pero para uno solo de los encuentros casuales. En total, teniendo en cuenta que en la ida tres o cuatro y en la vuelta otros tantos, a diez minutos de media, raro era el día que te acompañaba y estábamos en casa antes de tres horas desde la salida. Sin embargo, a pesar de mis prisas, no te podías aburrir, era imposible contigo. La popularidad esa que yo rehuía, espantada por mi innata timidez, que te frustraba.
Pero no una popularidad frívola, sino todo lo contrario, de buena vecina. Interés y voluntad en ser alguien con quien todo el mundo quiere echar una charla, por rutinaria y anodina que fuera. Que en absoluto.
Carcajadas: "Ay, Agus, eres tremenda, qué cosas tienes. Ya te hiciste socia este año que hemos subido a 2ªB?"
Y yo cagándome en todo porque con el fútbol era previsible que se enrollara más la cosa. Otros diez minutos mínimo y el tocho de Historia Antigua a examen, con el profesor más pedante que tuve en mi vida, esperando en mi mesa de estudio. Porque además tenías confianza ciega en mí, como estudiante responsable.





Tienes una nieta que es como tú. Igualita, con sus ojos sonrientes desde que nació. También es como yo, en realidad, porque al final caló y es otra de mis dualidades. Tímida y desinhibida en privado, con gusto por el cambio rápido de registro. De la tristeza a la payasada en décimas de segundo.





La amargura de saberte hecha para el disfrute de todo lo que no has visto ni conocido. Y a la vez sentirme obligada a cambiar el chip. Pero no por ellas, eso no. Ellas no me obligan a cambiar el chip, lo que hacen es provocar el cambio con sus ocurrencias. Si no fuera por ellas... yo no sé, mamá.





No me gusta el antro de las vanidades porque, cada vez más, observo una creciente dificultad para ello. Y porque hay risa frívola. Malvada. Mofa hiriente de la que a ti no te gustaba un pelo. Y es mentira que quienes la practican tengan un sentido del humor mejor que el tuyo. Que el mío. Esa patraña de que se ríen de sí mismos, también. Eso no es posible si no viene todo en el mismo tarro de esencias, envuelto por un papel de estraza humilde. La importancia de entender que no se ríe uno de los demás mientras no sabes reírte de ti mismo. Y, aún así, comprender que hay un límite que nunca se traspasa. Humor negro, humor blanco... humor boomerang. Primero tus cagadas y luego, cuando te hayas asegurado de que no eres un mediocre que hace chistes de tópicos manidos, plagiados, bajando la testuz cuando así lo ordena el monarca de turno, aceptando guiones que no estaban previstos y que sobre la marcha van licuando la poca gracia del sombrero cascabelero, que tenía su propio, personal y jocoso estilo.





Amargura, mamá. Lo trae la depresión. La enfermedad no diagnosticada que interfirió en tu curación. Sin duda.





Y lo de las uñas, que te tenía desesperadita, se soluciona con un esmalte transparente que amarga mucho. Pero daba igual, no fue útil porque me costaba más estar sin practicar el mal hábito que chupar el mejunje para evitarlo. Y te chivaste a mi tutor, mamá. Para que intentara colaborar contigo en lo de que no me mordiera las uñas. Para que me llamara la atención si me veía echarme los dedos a la boca en sus clases. Y vaya que si lo hizo. Pero el mórdex siguió sin ser impedimento. Pasaron muchos años sin volver a utilizarlo.





Y cuando lo volví a usar, fue por recomendación de un pediatra, desesperada por destetar, con el no ofrecer pero no negar, a tu nieta la rubita, que no soltaba la teta y hubo que "amargársela". No, no es cruel, aunque ya sé que te lo habría parecido.





Mujer dura, resiliente, pero dulce, contadora de historias, alguien dicharachera y reconocida en el barrio como auténtica. Eso aprendí. De puertas para dentro, ese pan con vino y azúcar, esos cigarros bajos en nicotina, que yo aborrecía. Para calmar el agobio de la soledad en la lucha, de las muestras de indiferencia a tu padecimiento.





Amargada nunca. El chiste a punto, la vacilada y el punto de encuentro. Y cuarenta días de hospital y una enfermedad que lo cambiaron todo. Una tristeza infinita con la que no quisiste vivir. Para eso no, pensabas.





Una última tarde, antes de perder la conciencia, de ti tal y como te habíamos conocido, inducida por los fármacos que acelerarían tu adiós pero que te devolvieron horas de alegría y planes para ir a los toros en Sampedros. Cada tarde invitada por una persona distinta que te quería acompañar, compitiendo entre ellos y devolviéndote la risa a carcajadas antes del inminente desenlace, que nos parecía increíble y que tú no sabías y nosotros sí.
"Horas, días, quizá una semana. Lo lamento mucho", dijo la oncóloga.

Y tu cara feliz, jovial, mientras te llegaba la hora, mucho antes de la primera bajada de las peñas de ese año. Qué trago. Pero qué maravilla, también, que te fueras de ese modo.





Amargo mórdex, amargo amor, amargo el lúpulo.





Y mi rabia flotando estos días por amarguras superficiales, banales, idiotas, de personas que hablan del sabor amargo sin tener idea de qué es eso. De amargar vidas, pero solo las suyas. De gente que no le echa azúcar al vino en pan. Que sólo odian y por eso no saben amar. Que se creen dulces clementinas y son pomelos de dieta. Que no saben lo que tienen a su lado. Que se mienten y que engañan como resultado de eso. Que se erigen como narradores omniscientes y no llegan ni a personaje secundario del primer olvidado capítulo.





Gente que esparce hiel, mórdex, que no saben amar ni tocar ni abrazar ni dar sosiego al alma.





Lo peor de mis depresiones, mamá, es que escupo bilis y verdaderamente me odio por ello, al pensar en tu manera de ser y en lo que veo de menosprecio hacia ti cuando tengo unos ojos que son los tuyos en mis hijas, tus nietas.





Heridas que no cierran en sitios donde no me conocen.





Y yo caí en un amor cruel, mamá, y me siento estúpida. De un compañero de la pura amargura. Y la pura amargura lo apartó de mí. Me duele que haya conocido mi lado dulce y paliativo y haya escogido la hiel. Pero no permitiré que se quede. Se irá el ricino que dejó de ella.





No seré yo, pero a ti no te descalzan. Yo soy agridulce, no seré dulce, pero no soy amarga.





Con el tiempo dejará de doler y empezaré de nuevo, con tus ojos negros, con tus bailes y tu vida sin decisiones libres que no amargó lo suficiente. De qué se quejan, de qué. De algo muy negro, tal vez. Del dolor de los demás que no es amargo. Como el suyo. Ahí no convive ni siquiera el cariño, de puertas para adentro. Bien lo sé, lo he visto muchas veces en contraste con tu actitud vital.





Con una semana de untar pezones bastó. Y ya no volví a ver el Mórdex...





Porque sí: me sigo mordiendo las uñas cuando estoy nerviosa.





<< Dejadme de hablar no me hace reír, la gente normal se podría morir...
¡Qué sonrisa tan rara!>>
EXTREMODURO | AGILA | 1996