30 mar. 2020

Ego sin alma.


Estaba ya fuera de juego. Una y otra vez las expectativas, que consistían en creer que si ayudaba a reflotar su auto-confianza, nunca lo olvidaría y lo tendría en cuenta en caso de necesitarlo ella. Porque le decía lo bueno, sus cualidades y puntos fuertes, pero no se callaba si lo veía hacer algo que estaba mal o que a ella no le habría gustado, a cualquier persona.
Y él decía que ella era adorable, dura por fuera, pero muy sensible y blandita por dentro. Sobretodo de puertas para adentro, en la intimidad del hogar, salvaguardando la relación de juicios de desconocidos, que por propia y precoz experiencia, sabía devastadores para los que se aman. Muy orgulloso de estar con alguien con coraje y valiente, decía. Que la quería así como era, y que de esa manera de ser estaba enamorado, porque le había servido para crecer en humanidad. Era la cantinela.





Vivir al lado de alguien que, durante muchos años, repetía frecuentemente que la influencia de su gran corazón le hacía ser mejor persona. Y que la base de ese amor y las razones para estar agradecido y loco por ella derivaran directamente de comprender sus errores, propios de quien tiene graves problemas de autoestima por necesidades afectivas no satisfechas en la infancia. Una férrea y autoritaria figura paterna incapaz de amar incondicionalmente, todo el lote: lo que te gusta y lo que no de quien lleva parte de tu carga genética.
Por su parte, ella sólo hizo que creer en él, en sus palabras, aunque nunca pusiera límites a la intromisión continua ni la defendiera de quien le hizo un terrible daño a su confianza en sí mismo. Ser ella la parte fuerte del tándem y que llegara un día en el que él la descuidó, tal como si se hubiera convencido de que era como una piedra sin sentimientos, porque no se arredró ni permitió injerencias.
Descubrir un día que las injerencias se debían a que, a sus espaldas, él contaba la vida privada y familiar, presente y pasada de ella, desde su prisma adaptado a lo que querían oír. Porque no era cierto que no necesitara su aprobación ya, como él decía. Les había abierto la puerta de atrás y había ido juntando granos. Sobre cuestiones familiares en las que ella era hermética. Más aún con gente como ellos, tan dados a opinar sobre la vida de los demás.
¿Por qué? ¿Para qué? Para ganar puntos perdidos con respecto a los otros, que sí habían sido, al menos en apariencia, los hijos modelo soñados. Para ganarse una confianza jamás tenida ni trabajada por los progenitores, sino todo lo contrario, ya que eran hijos temerosos de contradecir imposiciones absurdas y, por esa razón, ocultaban sus andanzas y mentían constantemente. Para que, si un día la historia de amor acababa, que fuera coherente el relato de "está loca y no sabe lo que dice". O algo así.
Juego sucio. Porque ella no contaba lo que habían hecho desde que era un crío, los menosprecios, los "idiota" recibidos por un padre que menospreciaba a un niño excesivamente sensible "para hacerse un hombre". De los que el Don entendía como tales.
Porque a él era a quien correspondía, algún día que nunca llegaría, poner las cartas sobre la mesa y decirles cómo le habían hecho sentir. No a ella. Enfrentar la realidad de sus nocivas relaciones familiares era cosa suya. Tendría que ser él, esa era la parte que le tocaba, donde ella no iba a intervenir nunca, ya que, sin haberlo hecho, le culpaban del alejamiento del hijo. Porque la escogió a ella para compartir su vida a distancia del juicio inquisitorial y la intimidad vetada. Por muchas ganas que a ella le dieran en ocasiones de "cantarles las cuarenta en bastos". Por mucho que él supiera que ella a los suyos no les consintió nunca una mala palabra sobre él y que incluso sus relaciones con ellos se vieron afectadas, en forma de alejamiento, por criticarle incluso aunque fuera en protesta porque veían algún gesto de desprecio hacia su hermana, y trataran de defenderla. No lo permitió, ni lo alentó. Y, aunque así hubiera sido, jamás llegó el entrometimiento en sus vidas a estar ni remotamente cerca de la que sería familia política por un montón de años.





Haber vivido cómo le veía su entorno, con infravaloración y mofa de sus capacidades, criticando continuamente su aspecto físico, su valía, su manera de ser que no encajaba con el resto de la tribu. Contrarrestarlo; intentar ayudar en lo que estaba en su mano para quitar esas ideas nocivas sobre sí mismo que le lastraban. Apoyarle en todo lo que pudo. Todo. Siempre.





Y llegar el día en que necesitó que ocupara el mando y no permitiera que se lo hicieran a ella, en momentos delicadísimos en la vida de casi cualquier persona.
Naciendo la prole... hacer abuelos a dos personas que nunca pudieron perdonar que no les escogiera a ellos y la permanencia en la ciudad natal.





Sentir ese daño que le hicieron a él en carnes propias en el peor momento: durante cinco largas semanas metidos en su casa, imponiendo sus costumbres, invadiendo la intimidad de ella, incluso, con insólitas escenas de sobresalto, de transgresión de la alcoba conyugal del hijo, yendo a rezar por sus "pobres nietas" al templo, "que lo van a necesitar..."





Ver que lo permitía, que los disculpaba, que era ella quien debía ser tolerante con personas que fueron a su casa en modo vacacional. Dijeron, literalmente, que habían cogido un avión "para estar con él, cuidarlo y hacerle compañía...", en palabras de la madre. Tal y como si fuera él el recién llegado a este mundo loco.
Para hacerle compañía, que descansara de su paternidad estrenada por cesárea y echase la siesta mientras ella estaba sola, en el hospital y recién parida. No. Sola no. Si los enfermeros, enfermeras y auxiliares hablaran... Hasta el obstetra y el pediatra de maternidad iban a la habitación y quedaban perplejos de que casi siempre estuviera sola o con su hermana. La que estaba de mañana el día del alta se quedó con las ganas de decirle al nuevo papi cuatro cosas ese día. La que le ayudó con la lactancia, tres cuartos de lo mismo.





El día mismo que ingresó, horas antes de la intervención programada, para el pre-operatorio, hasta un celador les echó la bronca cuando no llevaban ni media hora en el hospital. Pero personas educadas y pacientes, que están curtidos en ver ese tipo de escenas, bastante tienen con el gran trabajo que hacen. Quedó en nada, finalmente ... salvo un comentario confidente al día siguiente, cuando ella ya estaba más centrada en las nuevas vidas que dependían de su abrigo y protección.





La que no se calló fue la hermana, el día que llegaron con dos horas de retraso, alrededor de las cuatro de la tarde y después de echarse la siesta, para que ella pudiera llegar a clase del ciclo de artes gráficas que estudiaba. Sin haber pisado ninguno de los tres, ni papi ni abuelos, en toda la mañana. Otra loca más, según el Don. Montaron la mundial.
"¿Para qué detenerse más en esos pensamientos?", pensaba ahora. Fue duro y horrible enfrentarse, nada más parir, a la realidad de la familia que sus hijas tendrían que tratar. Porque, claro, ellas tampoco se salvarían del juicio continuo, ni siendo bebés siquiera.





Qué mes, qué angustioso le era aún recordarlo. La invasión brutal e irrespetuosa de la intimidad, como que fuera la propia casa de ellos, con sus mochuelos dentro. Porque así los veían y así los trataban aún. Con condescendencia y como que no fueran adultos.





Y no mejorar. Desde que la cagó cediendo con pasar por el aro del casorio, notaba claramente que Don y Doñita pensaban que eso les daba más derecho a invadir. A peor. Y peor. Y peor. Y empezar a afectarla gravemente. No ya el juicio continuo sobre ella, sino que protestar en privado para que él lo parara; Y no hacerlo nunca. Llegar a pedirle que se callase en momentos en los que se intentaba defender ella misma. Sufrir tanto por la falta de empatía y de reciprocidad en el amor, viendo cómo le importaba más que no pensara el Don que es un "calzonazos", como por el empeño de negar la evidencia.





Y un buen día, empezar a escuchar comentarios hirientes. Sobre su físico. Sobre su familia más cercana y querida. Y lo peor: para defenderse del reproche de que no ayuda suficientemente ni con la prole ni con la casa, minusvalorar ese trabajo valiosísimo de cuidados y organización del hogar. Es decir: menosprecios claros a las "amas de casa" convencionales, ya que la suya era de otro tipo; una niña bien privilegiada por ser hija de un afín al régimen, que estudió y opositó y trabajaba fuera. Porque todo va pasado por el filtro de su hermética casa paterna, en la que ningún amigo se quedó nunca a dormir, al igual que no les era tampoco permitido a ellos. No fuera que vieran otro tipo y manera de funcionar que no era la de su núcleo totalitario. La de su madre, por ejemplo, respetando la intimidad de los hijos y dando más valor a la escucha y al conocimiento de los problemas que puedan surgirles, para dar apoyo emocional, que a las cosas materiales y los caprichos, que también los tenían y no siempre podían satisfacerse.





Menosprecio continuo, deliberado y mucho más agudo cuanto más desorden y suciedad les rodeaba, de los trabajos físicos y manuales.





Y empezar a morir el amor. Y ya no tener ganas de dar ánimos cuando viene a mendigar comprensión y empatía. Y perder él lo que tenía en ella, un apoyo incondicional. Era irremediable porque no sólo no hubo ni comprensión ni cariño ni apoyo ni responsabilidades asumidas como propias, sino que hubo machaque y abandono. Soledad y desamor. Hielo. Ahí ella ya no podía darle ánimos ni subir su autoestima. Era su turno. Le tocaba a él e hizo lo contrario de ayudarla a salir de esos complejos, en gran parte por él creados.





Y cuando cesó la admiración y ella, por sus problemas de salud, ya no pudo dar lo que le daba, amor propio y confianza en sí mismo, en lugar de tratar de arreglar el estropicio, optó por buscar a otras personas que de nuevo le hicieran sentirse el mejor. Pero por la vía de la adulación y el peloteo interesado. Cuando le advirtió de eso, no hacer ningún caso. Y cuando le dijo que esas personas destrozarían lo que quedaba en el brasero, no querer escuchar en absoluto las súplicas pero hacer como que sí y ocultar. Cada vez más. Mentiras por omisión y mentiras explícitas y evidentes.





El narcisismo extremo, el de quien cree que sus mentiras son verosímiles porque el de enfrente no es tan listo. A medio camino del Don.