19 jun. 2020

Caí.

Al fondo del todo, a lo profundo, a esa ola de marejada que te revuelca y desorienta, enseñándote en una fracción de segundo lo delicado de la vida.

Llega sin avisar. Es un estado anímico, el previo, de apertura mental inconsciente. Al igual que se cierran ciertas vías cuando las necesidades están cubiertas, en el momento de la caída se atisba despreocupación. Una especie de desinhibición temeraria, desde el punto de vista de una tímida patológica. Así se llegó un día, con su cuenta de feminista de andar por casa, haciendo el gamberro, con ganas de vacilar, y puso avatares de payasa carnavalera, de lindo cuello, de oferta al vampiro.

En junio no había nada que hacer ya porque en junio había decisiones tomadas que no incluían tratar como una adulta a la del avatar de los ojos tristes.

Un día se dirimía lo que era lealtad en mi mente, tratando de descifrar dudas acerca de quiénes merecen lealtad en la vida de una persona. Y descubrí sobre mí misma que a lo único que reacciono explosivamente es a la confusión. Pueden darme la noticia más demoledora del mundo para cualquier ser, que si entiendo las razones que han llevado al desastre, el duelo será más llevadero. En cambio, cuando sucede algo traumático e inesperado y eres muy joven, no entiendes muchos de los códigos utilizados por la gente que te rodea. Para ellos Agustina era un personaje, alguien con carisma que no se callaba sus opiniones y apreciada por sus vecinos. Para mi era mi madre, muy joven, deprimida e infeliz cuando murió. Esa linea que la gente no entiende, entre saber de la cruda realidad de los Nadie, y vivirla. Tras años de tratar de entender, de desagregar confusión a los motivos por los que la muerte de mamá fue más causa de contratiempo para la felicidad de unos que la de otros. 
Y desde la serenidad, pensando en qué opciones tenía, -pocas o ninguna-, ser benévola con todo aquello que quedó como pudo, pues no supe hacerlo mejor. Todos estos pensamientos que rodean al mismo hecho: prefiero el palo y la verdad. Pronto. En cuanto esté lista y sacada del horno. El tiempo es muy importante para mí, aunque para quienes solo miran la carrocería yo esté lozana y apetecible aún. El tiempo es importante hasta la extenuación, para esta loca Reina Momo. Y un hombre gris me lo robó. Mientras yo le ofrecía, cual discípula del Gran Vampiro, un cuello del que luego no quiso beber. Él está sobrado de tiempo, por la inmortalidad del forajido en redes. Me ha robado no solo el corazón. Caí en darle mi tiempo, mientras decía cosas hirientes del tipo "las obsesiones no son buenas". Caí en unos brazos que no querían abrazarme. Sólo llamar especial a lo puramente carnal, sin entender que el deseo, en el amor, trasciende a la piel. Se desea y quema, arde, aunque no se tenga cerca, lo que se ama. Se cae en la inspiración contemplativa, tiemblan músculos, se erizan pezones a distancia. Con una palabra. Con una canción.

Y el cínico lo sabe. Y no se da la vuelta, sigue de espaldas en el taburete de la barra. Pero habla alto. No quiere que le oigan solamente los que comparten su corro.