21 jun. 2020

Triste, el mirar.

Voz rotunda. No pierdes el acento, tozuda de oído para eso. Y luego eres una pedorra que se indigna en cuanto se meten con el canario. O el español que no sea tu castellano mesetario indisoluble de tu persona. De cualquier manera, tu tono, no da la impresión de amistoso. Tampoco por escrito, si estás en una red social.

Y un humor raro, como el gusto musical, mucho barullo desclasificado y muy diverso. El tuyo, que haces con el sarcasmo hiperbólico y no lo pilla casi nadie; lo debes expresar como el culo o será necesario verte el jeto mientras estás escribiendo la barrabasada que no se entenderá. Generando incomprensión (más) o simplemente despertando antipatías. Y te resbala eso, crees que casi como a cualquiera. Por eso no ves más allá. No te percatas, en tu nube de tristeza y ensimismamiento gilipollas, de que hay siempre una cuota de hijos de puta en todo grupo humano que se precie. Que igual que a ti te cae mal alguien y pasas de él simplemente, como la mayoría, también hay una cuota de malnacidos, como digo, en minoría por fortuna aún (creo), que no pueden pasar de ti y se dedican a perder el tiempo de su vida en hacerte feliz. Felicísima, porque: ¿qué va a haber más importante en tu vida que dedicarle más de la mitad de las horas que tiene el día a peña súper maja? O a contar lo que desayunas, meriendas, cenas, "ánde vas de dónde vienes", ¿has hecho las rutinas del gym? ¿de la dieta? el paseo ese que te hace tan feliz que te das, la foto al gato, al perro, al periquito o a tus tetas recién embardunadas de crema, lo culto que eres, lo lista que eres en aquello, lo salao que es el guasap de tu familia in law..."
¿Eso era lo que hacías antes, cuando sólo había fijo? ¿Llamar a una amiga para contarle los espaguetti-con-que-so que voy a hacer, o si voy de vientre bien, una al día, mínimo? Un marcaje muy jodido, en resumidas cuentas, to quisqui se entera si dejas de gorjear para hacerte un dedo. Follar ya menos, ahí sí que pocos ves presumir, del todo lógico.

Todo esto tan apasionante que hiciste, en temporadas de enganche al narcisismo y a la vanidad de los populares, por varios y diferentes motivos. Hasta que se te pasa. A mí se me pasó a hostias con dos eventos inesperados: un follón con una mal llamada amiga y enamorarme del hombre equivocado. De todo se sale, poco a poco. Y cerrando el buzón y cambiando de garito o pasando de los que consideran que la honestidad es solo una obligación en la vida pública.

Pero sale el sol cada mañana y por la noche puedo ver la luna. Las mareas siguen bañando esta tierra quemada.

Duele no estar en tu vida. Pero más duele que no quieras ser parte de la mía. Es en lo que se traduce tu legítima decisión: no querer hablar de nada. Para nada... 
Y entonces, a veces, cuando apago la luz para hacer el esfuerzo de dejar de buscar entretenimientos, que me desvelan aún más y son la excusa para pensarte, consigo dormir un par de horas, tres, cuatro. O cuando se me juntan el finde, que también pienso mucho en cómo ha evolucionado todo en este año, y hago un sueño profundo que fabrica historias. Sí, así es. Se pone en marcha el material onírico, en el que todo es posible. Y entonces ese que está al fondo con sombrero, gafas de sol y que te habla detrás de un libro o un periódico, se esconde porque no quiere ser reconocido. Participa de vez en cuando, en tus pensamientos en voz alta, sobre la música. Y en ese bonito sueño es cierto que estás metida en su alma y que querría estar siempre a tu lado, sabiendo de ti y de tu vida, de tu propia voz. Y entonces despiertas. Y te abandonas. Lloras amargamente dos minutos. Coges aire, vas respirando, ubicando lo que es la realidad y lo que son los anhelos que tu corazón aún grita. Sabes que no. Que por ahí no es.

Sabes que estás amando a quien te ama y que es un privilegio. Y también que dolerse por ese, quien sea, el hombre o los hombres, que te han marcado así, es masoquista, no sirve. Y te enojas. Piensas en todas las ironías de las edades en el cuento. Hay un trasfondo que nadie puede imaginar. Ni atisbar, ni siquiera intuir, de traición a tus principios y de caer presa del enemigo. Y en caso de que así fuera ¿qué? Aunque supieran por las gamberradas dichas en el antro por dónde van los tiros, se dirán, como el resto, <<la loca, la que habla y no sabe lo que dice>>. Y caíste. Otra vez, se cae una y otra vez. En justificar las expresiones, en verbalizar con exuberante evidencia la inseguridad que provoca eso de callar, para no discutir porque 'tú haces todo desde la bronca', y estás contaminada por opiniones de personas que te hirieron. Estas cosas de mierda que hace años que sabes que no se pueden hacer ni se deben decir entre dos. Que los silencios, para arreglar las palabras dolientes, son lo más devastador que hay. Que si no se rompen cuando uno lo reclama, se está condenado a cambiar el rumbo de la calma hacia la tormenta. O un puerto para un desembarque imprevisto y precoz, en el mejor de los casos.

Hace tiempo que lo sé.

Los silencios juzgan, y no hay ojos tristes que valgan. Ni que echarse a la cara.

Calima vital, se disipa, con los alisios también, igual que la trajeron se la llevarán.