28 dic. 2019

Carta Cero.


Once días desde que tomé este camino del que no estoy nada segura, a pesar de verlo como lo correcto, lo conveniente, lo responsable... la vía del menor sufrimiento causado. Pero en cantidad, nunca será así en calidad, porque mi dolor es tan hondo como el deseo que haces nacer en mis entrañas.





Un día ya te lo dije, que sentía siempre haberme sido negada la libertad. Una vez la tuve. Y la dejé escapar por amar a mi captor.  Por no ser fiel a mi misma. Y hoy que tengo claro que quiero ser libre de amarte, vos no lo eres para dejarte querer por mi, tal como si tuvieras precaución con las brasas. Qué va. Me engaño. No soy ni seré libre, porque mi modo de ser hace que me sienta mal si los demás se hieren con mis palabras y actos. Aún cuando actúo dominada por el rencor y la ira, siendo muy posible que el destinatario lo merezca incluso, yo me siento mierda. Así que sí: mi miedo sigue siendo que me hieras y yo te salte a la yugular.





Anoche te hablé para avisarte de que empezaría, desde que me pusiera,-(y ya lo he hecho: bien, Evita, bien)- a juntarte letras. Y estoy tecleando entre lágrimas, dejando casi que las ideas pasen a los dedos y los dedos presionen los caracteres en el portátil, apareciendo enfrente de mí las palabras, las frases, los párrafos, dentro de una caja de texto virtual.





Sigues lejos, siempre necesito recordar tus palabras dulces, las veces que me dijiste linda o que te gustaban mis manos, para no pensar que no es solo el mar y los kilómetros de tierra lo que nos distancia, que lo que sucede es que no me añoras como yo quisiera, en cuerpo y alma. Que me engaño cuando pretendo que esto es un ejercicio de literatura extraño, que nació de una pasión extraña, de una niña grande que tal vez lo que está es harta y tiene rabia de aplazar y también es egoísta, como todos los demás. También quiero esa adolescencia despreocupada y jovial. La que me truncó la enfermedad, la de mi  mami. Así me olvido de mi posible locura, que tú, en tus momentos para colmo más cercanos conmigo, me recuerdas siempre. Hasta la imagen de carnaval: "reloca", que adoro recordar...





Nunca me hiciste llegar nada. Eso me obsesiona, también. Primero me muestras a tu modo que has pensado en mi... y hoy no sé aún qué pasó con aquello. Por qué nunca llegó nada. Ni tampoco me dibujaste, ni me abrazaste. Amor, cómo podré olvidar que me dijeras que me querías sentir latir contigo adentro de mi. Es que me has confundido y no puedo soportar ya más. No quiero regatear.





También esa necesidad de hacerme la sorda e instalarme en el cinismo sea porque no me soporto a mi misma. Porque veo que hace tiempo que no estoy enamorada del padre de mis hijas, porque me siento culpable de haber encontrado cartas de 2015 ya triste y meditabunda. Yo contaba dos, tres años a lo sumo. No fuiste tú. Y sí fuiste. Pero no sé por qué en este momento tan malo y no antes, te encontré. Esa es la mierda grande. La caída libre en la que está este corazón maltrecho que maldice una y otra vez mi mala fortuna y estampa, mi carácter devastador y mi orgullo, cuanto más desearía reprimirlo, como durante tanto tiempo he venido haciendo, cada vez con más desatino y flojera mental.





Ahora me falta pensar si todo lo voy guardando o te voy mostrando. Ya veré.





Es muy complicado, más de lo que pensaba cuando comencé a escribir esto. Pienso todo el rato que esto no te interesa nada. Y a la vez pienso en que ese es el motivo fundamental de volver a escribir, que tú me dijeras que me leías con interés.
Ojalá poder hacerte reír con esto, amor, no solo el drama y la nube que no cesa. Echo de menos tu risa, sentir que te alegro dos minutos que me lees. Echo de menos al Tatín musical, con sus intros y codas ricoteras...





Pienso en reír contigo, a carcajadas, en una cama revuelta, al amanecer, después de superar todos nuestros antiguos y nuevos miedos y de estar saciados picándonos con discrepancias, de lo que sea.
Imagino, claro, antes de eso, una hipotética escena de reencuentro inesperado. De decirte un lugar y una fecha y que guardaras un silencio helador. Pero que fueras finalmente, no poder evitarlo y me encontraras dormida. Y entonces decidirías desnudarte a mi lado y al acercarte para rozar mi espalda con tu mano, al segundo ya estarían nuestras pieles erizadas, tu verga creciendo, el deseo haciendo escena... sentirte entrar en mi, saber que has venido, ser feliz. Y tras de latir juntos, como los dos queremos, amarte más, toda la noche darte placer o abrazarte, no temer, no sentirme mala ni egoísta, ni buena, ni generosa madre. Ser mujer que siente y no se lo niega, no es más ni es menos.





Quiero que no me pase que me marchito sin vivir esto, pienso en mi madre también sin remedio. En una historia suya, que viví en primera persona y se me quedó grabada. De reencuentro fugaz en una cafetería con un amor de juventud, que ella siempre recordaba con cariño, estando embarazada, con seis meses de barriga de mi hermana pequeña. Se habían visto en otras ocasiones pero hacía muchos años desde la última vez. Y estaba conmigo ese día, que presencié cómo se saludaron y le escuché a él decirle que le sentaba bien el embarazo, a pesar de la sorpresa. Esa melancolía de mi madre. Ese aire trágico entre ellos... no quiero marchitarme como ella, se lo debo: no caer en la apatía. Ser más feliz y más longeva que ella. En 2020 superaré la franja temporal de llevar más años sin ella que con ella. Y aún no siento cerrado y hecho completamente el duelo.





No quiero regatear, te quiero amar y no entiendo el amor sin el deseo, esto que siento hierve en mí. Tú llámalo como desees. Pero guardémoslo para nosotros, vida.