18 feb. 2020

Negro, el mirar.


Las miradas que lo dicen todo.





Las palabras que, calladas, están detrás de unos ojos tristes. Sedientos. O encendidos o apagados. Con brillo, con sombra de lágrima o cegados por la luz del sol. Hablan en un perfecto idioma sin audio. En ocasiones mienten. Porque las palabras que brotan de una mirada también pueden ser embusteras. No son más difíciles en realidad de interpretar que algunos endiablados textos, si el que mira es transparente. Tantas almas hay que hablan o escriben y mucha otra gente no les entiende...
Hay miradas esquivas, las del dolo y la culpa.
Hay miradas limpias y profundas, las del amor.
Hay miradas ensayadas, ante el espejo.
Hay miradas burlonas, las de los bufones burlados.
Hay miradas de hielo y también de fuego. Una es la indiferencia. La otra ira o pasión. O ambas.
Hay miradas de refilón, las de la suspicacia y la sospecha, de reojo, furtivas, con curiosidad cotilla. Esas se distinguen también, como las miradas altivas, las humildes, las amigables.





Es un idioma y nos reconocemos. Buscamos un deseo oculto en los ojos de alguien que nos roza, queriendo o no. Es simple juego de pícaros. Pícaras miradas, juegos de deseo, de revancha, competencia. Juegos silenciosos entremezclados con sinceras o deshonestas manifestaciones verbales, orales y escritas, que la mente prepara y moldea antes de dejar salir al mundo, si es que llegan a salir.





Mírame a los ojos. No hay trampa ni cartón. Hablan más que mis letras. Dicen que una chispa de luz no fue suficiente. Que desconfían de los halagos que les hacen esas miradas que acaban desapareciendo en la oscuridad. Halagos, descripciones trilladas. Qué boba, si es mejor que te digan que te quieren follar que que ven tus ojos... y ya lo sabías.
Siempre ha sido una trampa, siempre. Volver a caer en eso como veinte años atrás, ¿quién mejor que tú va a saber lo que hay detrás de tus ojos? Si luego nunca quieren implicarse en el drama, salen corriendo despavoridos, al ver que eres cien mil veces más fuerte que ellos, por mucho que vengan en plan héroe salvador, a quitarte la espinita que piensan que es ese tronco de marasmos arraigado, que cada vez que le brota una rama es para desgarrar el tejido escaso aún virgen, sin cicatriz.





Las miradas hablan y engañan igual que los labios y los periódicos y la gente en el antro, cuando habla con segundas intenciones y escribe con otras aún peores que esas. Y te malean. Te moldean, afectan, hieren y dan aire para respirar también.





Esa crueldad. No volver a ver. Sin miradas que hablan y se clavan. Sin saber qué quería de mi. No saber y al pensar en ello, que te inunde la tristeza, no poder controlar los dedos sobre las teclas que vuelven atrás una y otra vez.





Cómo no buscar otra mirada linda, limpia, sincera, que rellene ese agujero negro hondo, profundo, de lo que la embustera malogró en el centro del pecho.





Y ven esos ojos, igualmente. Las magulladuras. Pero no se arrogan sapiencia en estas lides de dos. Son curiosos, sagaces y listos. Pero no dejan de observar y captar todo lo que hay entre ellos. Con la mirada de la realidad, de los momentos vitales que no tienen desperdicio, porque son un regalo de la vida, entre brega y golpes bajos. La mente clara, las trabas, las ventajas los inconvenientes. El secreto.





Sigo pensando que ha habido cantos de sirenas y miedo a lo desconocido, prejuicios y temor. Nunca confianza. Nunca cariño sincero. Nunca la verdad sobre esos ojos clavados.





Si no puedo olvidar esa mirada, tendré que inventar a un vampiro nuevo.





Una mirada que esconde vida vivida y perdida, la mía. No sabes nada, Nadie. Ni quieres saber, te pusiste una venda.





Ni ves ni te veo.





Porque no hay luz, siempre es, que no se ve.