5 may. 2020

Chicle de fresa ácida.


Ausencia. Que se clava. Como espina de esa bella flor, que te avisa de su fragilidad. No la toques, no. Déjala donde está. Ese aroma, ese porte, ese sabor, incluso. Así lo sintió. Como intocable.





Déjalo, en su tallo. No es tiempo de arrancar flores. No fue ese tiempo.





Sin saber que hay algo en la conciencia que guía. Que impidió la fusión perfecta. Al pasar el momento, los días, los meses. Llegarán a ser los años. Pero ese día, esa noche... ahora da sus frutos. Hay un aprendizaje detrás y todo vuelve a su lugar.
Ahora le llora, pero diferente. No es como llorar en la ausencia de la consciencia de quien la puso aquí, en el mundo. La que sigue llorando, sin despedida. Para el resto de su vida.





Y, sin embargo, aunque se pinchó el dedo en la espina y trató de evitárselo, hubo advertencias previas para ello, quedó prendada de la roca inaccesible, pero hubo despedida. Un remolino de dolor e incomprensión causaba estragos. Probó a odiar tras desangrarse, pero no estaba siendo justa y no podía. El espino silencioso que hizo florecer lágrimas.
Y así contagiada, callada, lloraba por los rincones, escondida del mundo, después de entender que amar puede estar en ocultar los trazos de la composición. De ese bello acorde que suena entre dos. Las notas que vibraron en los corazones amordazados estaban ahí. Fueron únicas para ambos, al menos para la flor del deseo, apartada, arrancada de cuajo. Ahí estaba el secreto. La paradoja fue que tiempo después, del dolor de ese desgarro renació la admiración. Se produjo una sensibilidad aterciopelada, de otro mundo. Terciopelo fuerte. No le gusta su tacto, le da dentera, le produce rechazo. Pero qué bonito, a lo lejos, el brillo de esa imponente tela.





Quién sabe quién o qué hizo germinar ese espino. Eso sí es triste. Saber que siempre habrá curiosidad insaciable por esas historias y estaciones que marcan una vida y que lo hicieron así de bello. Lindo, cruel espino silencioso que se creía matorral común. Que resiste a las heladas y ha hecho callo en las plantas de los pies desnudos, caminando por el pedregal.





Agrietando los pasos, siente miedo de haber perturbado su paz.
El reclamo, que llegó muy tarde. Y los frutos y las flores, en las riberas del río, que también le habían marchitado a la vez que hizo realidad un sueño. Le hicieron dudar de ser buena para incluso como araña que teje, para quedarse en el espino.
Y de no cuidarse bien ni de guardar la temperatura necesaria para no marchitar a las flores que brotaron; parecía la más paciente espera del mundo y quizá no fue eso. Quizá no debió plantar nada. Quizá todo el invernadero amenaza ruina con sus zarpas al acecho. Como todas las plantas de interior que no supo sacar adelante, cuando la mamá, que las cuidaba a mimo, marchó y dejó el vacío aquel tan grande. Inconmensurable.
Es decir, que sobre las dudas, más dudas. De ser o no capaz de dirigir su vida, cuando no había hecho otra cosa que coger la batuta, en sustitución y sin quererla. Que quería huir, se dijo muy pronto. Muy pronto el espino vio que se había pinchado en él el dedo equivocado. Cuando hubo quienes echaron leña y cerillas encendidas pero pensó que podría con ello. Ya se había hecho con el incendio tantas veces que creyó que tampoco esta vez se doblegaría a lo convencional.





Erró. Escuchó los vagos porqués del espino que, después de mucho callar, se despidió condecorando con el título que no era. Pero es lo que quedó. Quizá lo único que queda. Y una sonrisa. Que estaría cerca aunque aún no llega, porque el vacío tensa esa boca sin besar.





No veía lo bueno de eso, en aquel momento. Ni lo verá en aún demasiado tiempo. Porque quería volver atrás para abrazar las espinas, hacia una segunda oportunidad. Hacia el fluido que bombea el corazón triste y pisado. Aún late fuerte la rosa recia.





Ya nunca tendrán más reuniones; ha comprendido, por fin, que llorará por los rincones por no fundirse una vez más en flores y ramas, Que no podrá ser y que no habrá chance para la gran primavera esperada, junto a él.





Y que no importa que no la ame, al contrario. Aún así le hizo el mejor regalo: cuando tuviera dudas sobre sí misma, debía recordar sus palabras de la despedida y lo que él pretendía borrar de la huella de indecentes ecos, para darle sosiego.





Ya está pensando en ese sabor que ya casi no existe en su paladar. Le acusa de alejarse sin ser destino creíble. No había idealización pero tampoco es cobarde vivir penando. Opción del que se cree insignificante en la felicidad de la flor. Que se marchita por dentro e intenta colorear los pétalos de nuevo, al ser arrancada de la savia de su corazón, al ser sacrificada la alegría de unas caricias que ambos necesitan, desesperan por tener y no tienen.





Y pasa de ramo en ramo, la flor, aprovechada por quienes se benefician de nuestra renuncia a ser felices.





Unos tienen derecho, otros no. Su honestidad era tan pura, la de no querer herir, como injusta para la herida que no para de manar por la promesa rota de dejarse amar en un claro entre nubes.





La fresa ácida, que no madura y se corta antes de tiempo.
Un sabor de chicle favorito en la niñez, como presagio de vida.
El que no volverá a ser como era antes, en aquel kiosko de la esquina, porque ya no se hace nada más que sin azúcar, que es absurdo. Y porque no está el kiosko, estás lejos de allí y tampoco el barrio es lo que era.





Vivir dudando eternamente, de sus silencios. Y, aún así, adorar el agridulce de la incertidumbre. De si volver, acariciada por manos de espino que deja la vida pasar, ante advertencias de que ha surgido un amor imperecedero, aunque arranques la rosa que aromatiza, para dar muerte a la pasión de ese amor.





Duele que la rosa arderá en ira, en lucha desigual. Preferiría ser silvestre, no cultivada, como diente de león.