23 ago. 2020

La última montaña.

Supongo que, como la otra vez, ahí está la razón de fondo de las preguntas que me hice por la mañana, antes de que tuviera la idea nefasta de referirse a mí como lo hizo, sin tener ningún derecho a juzgarme ni siquiera en privado. Sin derecho a esa muestra innoble e impropia de la imagen que tenía de él en la cabeza. A esa proyección evidente.

Nadie sabía de quién yo hablaba, podía haber acudido a mí por las vías que estaban abiertas, para reprocharme eso que sabía que yo ya no iba a ir a aclarar de ninguna de las maneras, del mismo modo. Dije que no volvería. Dijo que no había ningún problema en borrar ese rincón escondido nuevo. Esperé dos días y seguía ahí, tras la desilusión, tras la confusión que me generó con los últimos actos. Que no entendí. Estaba advertido, no he dejado de ser coherente en todo momento, en la relación que nos unió.

Al cambio, en esa última conversación antes de aquellas preguntas retóricas que no esperaban respuesta, que eran un desahogo público sobre un amante secreto, me habló de nuevo con excusas de haberme advertido de algo que yo ya había asimilado. Perfectamente. De modo que, contestando dos veces, por boca de dos personas aparentemente distintas que yo sabía que eran la misma, proyectaba su propio desgarro sobre lo que se atrevió a llamar despecho.

Tolero sin celos otras relaciones, mientras no se mezcle. No quiero saber de las otras personas, porque me incomoda y porque yo tengo las mías por otro lado y no hablo de ninguno de los otros, a ninguno de ellos. No va conmigo. Hablo de mi ex, sí, del padre de mis hijas. Lo hago en este sitio web. Lo hice en las buenas y lo hago en las malas. Con mis precauciones. Con límites. Y sabiendo, por supuesto, que no se puede romper más veces ni por más sitios nuestra relación. Ni tampoco va a afectar la parte ínfima que cuento de vivencias que me atañen solo a mí, al resto de su existencia.

Confidencias. Privadas. No es lo mismo hablar en primera persona de tus movidas y de las personas implicadas sin dar datos que identifiquen, que en la red pueden ser suficientes para ubicar a la persona fuera de ella. 
La invasión de la intimidad que suponen las redes sociales, que animan al prejuicio y al juicio de valor rápido. Yo misma he caído vergonzosamente en ello, en el antro, y a posteriori, al ser consciente de ello, me he sentido fatal. No con todas, pero con muchas personas me he disculpado. En público y privado por ello. Las reacciones a eso han sido diversas. Pero no es de lo que estaba hablando, en realidad, cuando abrí esta caja de texto. 
La divagación, sin embargo, es necesaria. Porque se centró en lo que él dijo, olvidando trágicamente lo que pedía yo, mis condiciones, mis concesiones y cuáles eran mis expectativas. Estas fueron:

  1. Yo voy, yo pido. Nadie tendrá el problema nunca de no poder negar que haya sido yo la instigadora de la transgresión de las normas morales conservadoras impuestas por siglos en esta sociedad nuestra.
  2. Si se me hiere o no se respetan mis condiciones sobre la privacidad de terceros, dejo de pedir. Eso significa, claro, que o da paso el que la ha cagado en el "pacto para no sufrir", o se acabó la relación en el plano sexual.
  3. Mis amantes, reales o imaginarios, tienen su espacio grande, mediano o chiquito, en la patata. Pero todos son iguales en respeto, sus aposentos están insonorizados y aislados del exterior.

Si me enamoro, lo expreso. No reprimo mis sentimientos y no significa que necesite del otro simetría. En absoluto. Me puedo sentir amada por la vía del deseo, porque para mí hay diferencia entre desear y ponerme cachonda.
Lo primero es adictivo e implica necesitar a otra persona que es deseada y que me desea. Lo segundo se soluciona viendo porno. O con imaginación, también, por suerte, en mi caso.

La línea que separa deseo y amor está en la cumbre de la última montaña. En lo alto de un puerto. De esos que, cuando aún nunca los has visitado, desconoces el punto de inflexión en la pendiente, y te encuentras casi de repente en bajada.

Hace tiempo que sé que cuanto más conozco y me enternece la persona que me excita sexualmente, más fácil me es caer rodando por la cuesta de las emociones. Si hay admiración por alguna cualidad concreta, ya no solo me excita lo puramente sexual, sino que puedo caer en la trampa por la vía de las palabras.

Pero ahora que me has mostrado tu lado oscuro, ahora que me siento en la cima de la primera montaña de una larga cadena montañosa, no solo no necesito que me ames, aunque hubiera sido bonito, sino que no lo quiero.
No, no me ames. No soy tu cenicero. No me echarás más de menos.

CANDELITA, CUANDO APAGASTE EL FUEGO, ENTRE CENIZAS...