6 dic 2020

Tensión superficial.

 Ódiame. Pero así, de esa manera.

¿Te lo digo más claro aún que con esa frase?

Pero ódiame así. Sin poder evitar volver a mí. A buscar que me encienda y moje las bragas con tu manera de manipularme para que quiera follar contigo siempre. Por muy enfadada que esté.

Que nadie sepa a quién me dirijo. Es un síntoma, una causa, una consecuencia. Todo a la vez.

En realidad sí sabe, porque la conexión sexual con él es especial. No necesitas de cosas que con otros sí. Es de donde nace lo que te perturba. Pero a la vez te atrae no saber casi nada.

Y lo que sabes te es familiar. Tan familiar que ni falta hace nombrarlo. En analogía, sería Nureyev. Pero en otro campo importante. Aprendes a ocultar, no sólo porque sea donde converge tu manera de amar, en la protección auténtica de quienes puedan "asociar" contigo, para que nadie pueda dañarlos, si no saben. Es tu sino en redes, tu condena. A quien quieras mucho que no te vean rondar, porque van a por ellos y ellas. Salvo excepciones, pocas, porque cada vez estás menos pendiente de si se lía alguna. Para evitar intervenir y quedar de puta pena, casi siempre yo. Y que quizá después venga la decepción, de que pese lo malo. Para alguien a quien has querido, que los otros dan igual.

Ese es el punto. Distancia controlada.

Y sí, también hay miedo. Pero ya me he desnudado del todo, ante él. Ha visto el que más de mí, literal y figuradamente. Le he hecho ya la escenita mimosa. Ya se ha enroscado la mamba, pidiendo que la agarren del cuello. Ya gemí implorando piel y le he reprochado que no venga a follarme, si tanto le intereso. Ya me he puesto chula y se ha puesto chulo, como respuesta, varias veces. 

Una putada seria. Que me pone. Y que me condena al fracaso una y otra vez en el momento en el que se me pase por la mente lo romántico. Pero contigo no. 

Esa cena en mi mente. Los dos arreglados, el uno para el otro, en una noche muy especial y deseada, alargando hasta los postres con vino dulce.

Y las ganas de que me empotre casi sin cruzar el umbral de la habitación, después de la cena.

Es tensión superficial. Ya la he vivido antes con otras personas. Y es lo que quiero. No tener ni puta idea de si tienes novia o no o de las otras relaciones emocionales en tu vida.

Es una trayectoria de la amistad y la atracción sexual salvaje, paralela, que engancha. 

Pero que no esté todo el rato forma parte de la receta.